miércoles, 23 de enero de 2019

Miguelito

Hoy se cumplen dos semanas de la partida del tío Miguel. Se fue rápido el hijo de enmedio, el a veces perdido y a veces encontrado. Las lesiones cerebrales, como se sabe, son los instrumentos más eficaces que los ángeles implacables de Dios no dudan en utilizar cuando la partida ya estaba escrita.

Su velorio es quizá el más entretenido en el que haya estado. Hubo dolor, pero no sufrimiento. Sus amigos, todos -y eran muchos- pasaron ante el ataúd a contarnos cualquier cantidad de anécdotas sobre lo buenísima onda que era, con qué entusiasmo y alegría cantaba, el mismo entusiasmo con el que acudía a rescatarlos de algún entuerto, la misma alegría con la que les hacía favores. 

Cada testimonio fue toda una sorpresa para su familia, pero para mí lo fue ver con qué congruencia y fervor esos hombres se conmovían ante quien los ayudó a lidiar con sus temores y tristezas. Todos habían bebido, todos esperaron hasta bien entada la madrugada. Uno de ellos dijo, con un gesto de pudor y sencillez que no se me olvida: "Disculpen ustedes, es que a veces los hombres necesitamos algunas copas para poder despedirnos de un buen amigo, o para decirle que lo queremos". Cuánto machismo aprendido en esa frase, cuánta vulnerabilidad oculta a fuerza de imposiciones, cuántos sentimientos que los hombres tuvieron que aprender a reprimir, cuánta resignación ante el destino que les han marcado. ¿Quién podrá decirle a un hombre: "Llora sin pena, no necesitas ni una copa más, te basta con llorar para reconocerte humano y ninguna lágrima te hará débil"?

Luego, más allá de la experiencia, está mi memoria. Apenas me acordé que hace varios años escribí un cuento cuyo personaje principal era él, de niño. Es que en serio, sus aventuras daban para mucho, pero ésta en particular me la contó mi abuelita y según ella, todo fue absolutamente cierto. Yo me conformé con contarla y ahora, con traerla al presente. Miguel, en cierto modo, nunca dejó de ser ese niño pequeño, perdido en la inmensidad de un mundo que no se atrevió a comprenderlo. Paso al cuento.

La  escapada


No vuelvo a ir al Tlapalar. Se lo prometí a mi santa madre hace mucho tiempo y no vuelvo a ir ni a fuerza. Tú sabes que no soy rajado, me conoces. ¿Te acuerdas cuando fuimos a un baile allá por Tomatlán? Eran las tres de la mañana cuando nos vinimos caminando por toda la orilla de la carretera  solamente porque yo me animé. Nada más para que nadie nos contara lo que se siente, y eso que de aquí a allá son trece kilómetros. Te consta que no soy cobarde, ¿sabes por qué? Porque las malas horas no se dan siempre en la noche, en pleno día también hay peligro, también espantan.
            A mí no me gusta asustar a los chiquillos con cuentos de aparecidos, compadre. Mi padre, te acordarás de él, me enseñó a ser valiente a toda costa. -¡No tengas miedo, me decía, Diosito nos acompaña en todas partes, cobarde no sirve uno ni pa´ ver quién viene! Sabiendo cómo era yo de descocado, mi mamá siempre me decía que me encomendara yo a la Sombra de San Pedro para que me protegiera, como cuando don Joselito Mejía tenía unas enemistades que andaban queriendo matarlo, pero él le rezaba a la Santa Sombra y ya podía pasar cerquita de ellos que ni siquiera lo veían. Me contaba esa anécdota a cada rato, cuando me veía en los ojos la intención de irme de pinta o escaparme a jugar futbol. Pero en una de ésas escarmenté y no precisamente porque me dieran mis tundas.
            Tenía mucha razón mi padre, Dios no nos deja desamparados. Cuando él cayó enfermo yo tenía ocho años, Andrés, trece; Pilar tenía once y acababa de nacer Luis. Las otras tres chiquillas tenían un poco más o un poco meno mi edad, así que mi mamá  se tuvo que ir a México con mi papá,  que estaba grave, y además con el recién nacido. Nosotros nos quedamos aquí solitos un mes; sólo la vecina nos vigilaba a ratos, mientras Pilar preparaba la comida como Dios le daba a entender. Después nos íbamos a la escuela, los mayores en la tarde y nosotros en la mañana. Y tempranito era que yo me hacía ojo de hormiga para no entrar a la escuela y me iba directo al río. Me gustaba cazar palomas, molestar a las lavanderas y sentarme en una piedra grande a mirar la corriente pasar y pasar. Se me figuraba que yo era así, que iba sin rumbo fijo pero siempre alegre, como decía el maestro Genaro: ¡Ay Miguel, eres una bala perdida!
            Pero ahora sí te voy a contar bien lo que me pasó, compadre. En una de esas escapadas me fui como siempre al río. Todavía me acuerdo que eran como las nueve de la mañana; llevaba a cuestas mi mochila, ligerita porque no me gustaba cargar cosas. Seguí por el camino viejo, ése que pasa en medio de la arboleda y lleva a la parte más ancha del río, donde ya no hay gente. Iba bien enojado. El día anterior me había peleado con mis hermanas y Andrés me regañó. No es por nada pero a mí como que me descuidaron, no sé si por ser el de en medio o porque de por sí somos muchos. Así que de puro coraje me escapé al río, además de que ese día no llevaba la tarea. Caminé y caminé pateando una piedrita, agachado, pensando, hasta que sentí que el camino se hacía largo. Entonces me fijé que andaba entre los álamos de la arboleda pero no sabía muy bien dónde. Ya me había salido del camino quién sabe cuánto.
Se me ocurrió que si seguía el ruido del río podía llegar hasta él y de ahí orientarme. Me quedé parado tratando de escuchar, mas el silencio era el de siempre, el silencio del campo lleno de ruido de insectos. Corría un vientecito suave, fresco, pero el cielo se empezó a nublar. De pronto escuché un crujido de ramas en lo alto y alcé la cara. Vi, trepado en la copa de un álamo, al ser más horrible que se pueda uno imaginar. Contado así da risa, compadre, pero si lo hubieras visto ahí mismo te mueres. Era un hombre con la piel roja medio tostada, como si durante mucho tiempo le hubiera caído ceniza encima hasta resecarle las entrañas. No me fijé como era el cuerpo pero del rostro me acuerdo bien. Tenía facciones grotescas, como un enano, pero sus ojos parecían reírse y despedir lumbre, una lumbre ácida que cala en lo más hondo. Se me enchinó la piel y no pude moverme, era yo un chamaco. Oía los latidos de mi corazón dentro de mi cabeza, fuerte, fuerte y muy  rápido. El pecho me dolía como si los huesos se apretaran entre ellos hasta quitarme todo el aire. De eso me acuerdo, ¡ah, y de sus manos! Tenía las uñas como garras negras, igualitas a unas que vienen dibujadas en un libro de catecismo, donde dicen que son las manos del que no es bueno y siempre intentan llevarnos al abismo.
            Grité con todas mis fuerzas lleno de espanto, casi sabiendo que nadie me iba a escuchar. Me pasaron por la mente muchas cosas: mis hermanos, mi papá, el futbol y la piedra grande del río. Me dieron ganas hasta de estar en la escuela. El Diablo movía sus manazas llamándome; se reía a carcajadas mientras se le arrugaba toda la cara. Una multitud de monos escandalosos se encaramaba en los otros árboles y me cercaron todos dando alaridos salvajes. Y usted sabe, compadre, que en esta zona de frío no hay monos. Me sentí perdido, con un vacío en el estómago y dos piedras amarradas a los pies. En eso me agarré el cuello y sentí entre mis manos la medalla de mi bautizo. Y me acordé: ¡Dios siempre lo acompaña a uno! Y salí corriendo como un loco, como pude, a tropezones, llorando sin aire y doliéndome hasta el alma. Encontré pronto el camino pero ya no podía; rompí en un llanto que casi me ahogaba y llegué a la casa sudando frío.
            Tiempo después me contó mi hermano que así me pasé quince días; temblando de fiebre, sin comer ni hablar ni nada. Mi madre llegó tres días después de la escapada y yo no había salido de mi cuarto. Dice Andrés que yo no quitaba la vista del techo y nada más de momento empezaba a llorar quedito hasta quedarme dormido. Una lavandera le llevó a mi mamá la mochila que encontró a medio camino. -¿Es usted la mamá de Miguelito?, le dijo. -Chiquillo travieso, bien que lo conocemos. Cuídelo mucho, por allá es peligroso no sea que lo vayan a espantar. Y fíjese compadre, de eso yo no me acuerdo.
            Me llevaron a curar de espanto con una señora viejita que vive rumbo al panteón. Hasta de cabeza me puso, me limpió con un huevo y me roció agua con unas hierbas mientras rezaba unas oraciones que yo no entendía porque ni para escuchar tenía fuerzas. Sólo me acuerdo que dijo: -Cuando despierte, lo que quiera. Me hicieron taco en una cobija gruesa y me llevaron de vuelta a la casa. Estaba como ido, compadre. De pronto soñé muy raro. Una mano roja con garras negras movía los dedos como si me estuviera llamando y otra vez me vino la angustia, pero ya no podía correr. Entonces otra mano, más grande y llena de luz, aprisionaba a la mano roja como ganándole una vencida. Y a mí me daba de nuevo escalofrío, pero ya no tenía miedo. Abrí los ojos y vi mi cuarto a oscuras. Sentía mucho calor y mucha hambre. –Mamaaaá, grité. -¿Cómo estás mi´jo?, vino ella al instante. Yo no tenía conciencia de ya que había regresado, quería decirle muchas cosas, pero todavía no me venían las fuerzas. Ella me preguntó ¿Quieres comer algo Miguel? Y como pude le contesté: -Sí  má, quiero unos Cornflakes y un Sidral.
            Desde esa vez ya no vuelvo al río Tlapalar, compadre. Le conté todo a mi mamá y me hizo prometer que nunca más me escaparía y ya no lo hice,. Bueno, no al río. Cuando trajeron a mi papá ya restablecido, bendijeron la casa, mis cosas y todo. No he vuelto a soñar nada pero tampoco voy al río. Te agradezco la invitación, compadre, pero no. ¿Para qué tentar a Dios en paciencia?

                                                               Xalapa, Ver., septiembre de 2002

sábado, 5 de enero de 2019

Antes estuvimos más vivos

Tócame la mejilla por si encuentras
una humedad antigua y olvidada.
Es del tiempo en que quise ser caballo
para no ser fantasma.

Tócame la mejilla. Vamos, anda...

Juan Gelman

Hacer cuentas, aquilatar edades, ver fotos viejas, dar gracias por el año que se fue, cada acción de éstas parece un ejercicio de reconciliación para olvidar, como si un globo de Cantoya pudiera llevarse lentamente con su humilde lucecita en el cielo de plenilunio, todo lo imaginado que no llegó a ser.

Mientras escribo esto, un ser querido agoniza a causa de un derrame cerebral, una amiga llora por el amor que se fue, buenas personas luchan en paro por una renovación del contrato que nunca les garantizó una vida mejor, un padre descubre cuánto respeto le ha quedado a deber a sus hijos, un hombre que conozco intenta dejar todo atrás. Caballos o fantasmas, sólo poseemos el presente..