lunes, 21 de agosto de 2017

El cielo guarda la edad

Creo que uno de los recuerdos más importantes que tengo de la infancia, es haber presenciado el eclipse total de sol del 11 de julio de 1991.
Hoy conocí a mis nuevos alumnos, y entre la presentación y los temas del día, les conté cómo todo parecía nublarse y luego se oscureció; cómo las gallinas de mi patio se subieron a dormir al árbol de guayaba, y cuando todo pasó, el gallo volvió a cantar como si hubiera amanecido y los demás animalitos se levantaron de sus rincones a "empezar" el día de nuevo. Les conté de mis vecinos, que tenían baldes de agua para ver el reflejo de los astros, recordé a mi adorado abuelito, que como buen mecánico tenía algún casco de soldar viejo al que le quitó unos vidrios gruesos y pesados para que sus nietas pudiéramos observar, por unos segundos, cómo la Luna devoraba al Sol.
Ahora que lo pongo en palabras, pienso que en ese momento comprendí que las fuerzas de la naturaleza van más allá de los alcances humanos. Sentí mucha emoción y algo de miedo. Les conté todo eso porque me parece hermoso que alguien pueda vivirlo también, aunque sea un eclipse parcial y ellos estén en la escuela. Supongo que la delicia de tener unos añitos encima es que ya tengo algunas cosas maravillosas qué contar 

Fortuna

Por años, disfrutar del error y de su enmienda, haber podido hablar, caminar libre, no existir mutilada, no entrar o sí en iglesias, leer...