lunes, 29 de agosto de 2016

Juanga

Con la muerte de Juanga tuve la misma impresión que con la de García Márquez. Fue ídolo, todos lo conocieron y a la mayoría los conquistó con su arte. Supo contar-cantar de la vida, de la gente, de todo lo común que se puede volver extraordinario usando las palabras adecuadas. Además disfrutó del fruto de su trabajo, recibió homenajes en vida y se fue en circunstancias naturales a una edad avanzada. Le tocó desgracia y plenitud, aquello de lo que no se salva nadie, pero logró escucharse a sí mismo y perseverar en lo que quería. ¿Qué más se le puede pedir a la vida?
Por cierto, si me quieren ver llorar irracionalmente, pónganme la de "Buenos días, señor sol". La primera vez que la escuché, a los veintitantos, los acordes me parecieron tristísimos y la letra nostálgica a morir. Creo que debería hablarlo en terapia.
Para conmemorar este hecho histórico propongo organizar un karaoke desaforaado con canciones de Juanga, comida y bebida sin medida. ¿Alguien se apunta?

miércoles, 10 de agosto de 2016

Todos tenemos pensamientos asesinos

El domingo pasado terminé de leer Todos tenemos pensamientos asesinos, de Eusebio Ruvalcaba.  La lluvia me ayudó a avanzar en esta novela porque cuando la comencé, hace más o menos un mes, me interesó y quería seguir leyéndola, pero luego la postergué sabiendo que me iba a perturbar durante los escasos días de descanso que tuve.

No encuentro otra manera de decirlo: es lo peor que he leído en lo que va del año. Por supuesto, está tan, taaan bien escrita que me impactó. Ruvalcaba es el mismo señor respetable de Un hilito de sangre y El arte de mentir, sólo que esta vez pareciera que se metió a un laboratorio a mezclar desesperanza, fastidio, asco, frustración, perversidad y fatalidad para después trasladarlo todo a palabras. Si hay vidas así, que seguramente sí las hay o mucho más difíciles, deseo que no le toquen en suerte a nadie de los que amo.

¿Por qué –me pregunté esa tarde en que lo terminé- se me fue a ocurrir comprar justamente ese libro? Por el título y por el autor, nada más. Antes de ése leí Cinco esquinas, de Vargas Llosa, que fue la primera propuesta para el círculo de lectura que hacemos entre algunos amigos. Era la más reciente del Premio Nobel y más de un crítico la aclamó. Francamente a varios del grupo nos defraudó. No sé si vender el libro a la mitad de lo que me costó o liberarlo en alguna banca del parque, sólo sé que no lo quiero en mi librero. Es muy grueso y roba espacio a cosas mejores, no importa si es de Vargas Llosa, no hubo una frase que me sorprendiera en medio de una historia sobre amarillismo, corrupción y morbosidades de gente rica en un país de millones de pobres. Para eso tenemos las noticias que salen a diario sobre el presidente Peña, su esposa y sus colaboradores, porquería de gente a la que nadie le exige nada, pues. Pero Ruvalcaba no es lo mismo. En Todos tenemos pensamientos asesinos destruye las esperanzas en la humanidad entera y da a entender que de nada sirve el amor, sino como mero pasaje a la nostalgia por todas las cosas que no consiguió.

Esperaba el humor ácido, el ingenio que hace soltar carcajadas en otros libros de él, pero lo que me encontré fue a un hombre que sufre lo indecible por dentro porque carece de amor y de autoestima, un hombre bueno con una vida precaria, una esposa mala, una hija que lo ignora y un hijo con retraso mental que por su bendita condición no puede entender la gravedad de lo que le acontece a lo largo de la novela. Ese sufrimiento interno por no haber tenido amor, ni amigos ni nadie confiable, por haberse alejado del arte que lo hacía feliz, lleva al protagonista a defender el único cariño puro que pudo recibir en el peor de los escenarios, la cárcel. Lo demás el lector se lo imagina y deja la novela por ahí, como le hice yo. Si alguien no se lo imagina, que se ponga a leer esas crónicas sobre la vida en la cárcel que se publican en Proceso. Por cierto, el autor da clases en un Centro de Readaptación Social (CERESO) en Ciudad de México, lo supe después, de ahí la maestría para retratar a los personajes marginales, para describir el abandono de la sociedad, la violencia y la crueldad de la que es capaz el ser humano.

En suma, se trata de una novela oscura que no recomiendo a las personas a las que les guste ver todo bello, útil y bueno, porque podrían desilusionarse; tampoco a aquellos que han perdido fe en la vida, porque querrían terminar con la propia en cuanto concluyan la lectura. Es sólo para quienes se sientan capaces de enfrentar pruebas sin negar que la existencia es así, efímera, imperfecta y a veces injusta. Pensaba en esto hace un rato cuando vi una nota del periódico Sin Embargo, en la que se informa sobre las nuevas fosas que encontraron los familiares de desaparecidos en Ixtaczoquitlán. Se suman a muchas otras halladas en San Rafael Calería, Paso del Macho, Córdoba y la región. Sólo en Veracruz. Faltan los hornos del Penal de Piedras Negras y las matanzas a lo largo de todo el país que no son ya producto de la guerra contra el narco, sino de la represión terrorista que el Estado Mexicano ha emprendido contra la población. Maldad pura entre los mexicanos, tal como ha sucedido en otros lugares desde el origen de los tiempos, es lo mismo que retrata esta novela y quisiera pensar que no se queda corta, pero a lo mejor sí. De inmediato recordé algo que Buda expresa en uno de los textos sagrados o sutras: que los seres terrenales vemos al mundo devastado, como si se estuviera incendiando, como un infierno que no es tal, pero no somos capaces de comprenderlo. El mundo no se terminará nunca, y habrá vida y abundancia en él, somos nosotros quienes necesitamos desarrollar la capacidad de percibirlo tan hermoso como realmente es.

Fortuna

Por años, disfrutar del error y de su enmienda, haber podido hablar, caminar libre, no existir mutilada, no entrar o sí en iglesias, leer...