domingo, 21 de febrero de 2016

Cuando muere una lengua

Cuando muere una lengua
las cosas divinas,
estrellas, sol y luna;
las cosas humanas,
pensar y sentir,
no se reflejan ya
en ese espejo.
Cuando muere una lengua
todo lo que hay en el mundo,
mares y ríos,
animales y plantas,
ni se piensan, ni pronuncian
con atisbos y sonidos
que no existen ya.
Cuando muere una lengua
entonces se cierra
a todos los pueblos del mundo
una ventana, una puerta,
un asomarse
de modo distinto
a cuanto es ser y vida en la tierra.
Cuando muere una lengua,
sus palabras de amor,
entonación de dolor y querencia,
tal vez viejos cantos,
relatos, discursos, plegarias,
nadie, cual fueron,
alcanzará a repetir.
Cuando muere una lengua,
ya muchas han muerto
y muchas pueden morir.
Espejos para siempre quebrados,
sombra de voces
para siempre acalladas:
la humanidad se empobrece.
Miguel León Portilla
21 de febrero, Día Internacional de la Lengua Materna
Video cortesía de Ana





jueves, 11 de febrero de 2016

Detonación

Otra vez la música. Aparece en Youtube un programa del Buena Vista Social Club, lo elijo inconscientemente, comienza la música y explota la imagen: anoche volví a estar en La Habana. Sentía el calor húmedo, la amplitud de las calles ante mí; veía los colores pastel derruídos, los autos lentos, el sol de la mañana. Es una Habana de sueños. Le cambié el horizonte a una avenida para luego mirar a otro lado, le agregué voces y alegría. A los pocos minutos me fui de ahí a alguna otra parte de la que quizá me acuerde cuando venga otra canción.


El cuarto de Tula 
que cogió candela 
se quedó dormida y no
apagó la vela...

martes, 9 de febrero de 2016

Ama tu ritmo



Las señales de vida espiritual llegan cuando uno menos se lo espera y más las necesita. Tengo el vago recuerdo de que Samuel compartió el programa completo del Encuentro en el Estudio de Drexler en mi muro de Facebook. Él no lo sabía, pero ya en esos días mi mamá y mis esperanzas transitaban por sus últimos suspiros. Obviamente no vi el video, y perdí la música por mucho tiempo. Mucho, ahora que lo rememoro. En particular huí de Drexler por todo lo que me conmueve, pues cuando la tristeza se instala en el alma es necesario escucharla, pero no provocarla.

Hoy, llevada por un impulso extraño, busqué videos de sus canciones, en especial las que he escuchado poco. Apareció esta versión que me capturó en un instante, y ahí estaba, el poema de Darío que yo no conocía. Luego me fui al programa y me sentí dichosa por este llamado poderoso del espíritu entre música y poesía; lo sentí para mí, lo sentí en el momento justo. Amar el ritmo, la trama, la vida, es la mejor opción que me queda. Gratitud.

Ama tu ritmo y ritma tus acciones
bajo su ley, así como tus versos;
eres un universo de universos
y tu alma una fuente de canciones.

La celeste unidad que presupones
hará brotar en ti mundos diversos,
y al resonar tus números dispersos
pitagoriza en tus constelaciones.

Escucha la retórica divina
del pájaro del aire y la nocturna
irradiación geométrica adivina;

mata la indiferencia taciturna
y engarza perla y perla cristalina
en donde la verdad vuelca su urna.

Rubén Darío



jueves, 4 de febrero de 2016

La fiebre

Sabía que iba a soñar lo mismo que otras veces. Entre el jarabe, el desenfriol y las compresas, se escondía la amenaza de la mala noche: escalofrío, punzadas en la sien... Ahora que lo pienso, quizá fui enfermiza, pero no me recuerdo así. Era más bien tranquila, llenita, una criatura como cualquier otra.

Cerraba los ojos para intentar dormir. Me ardían las mejillas, mi respiración trabajosa me producía más cansancio que sueño. De golpe llegaba ahí, al lugar lleno de gente, todos muy altos, sin nombre ni rostro. Yo en medio, luchaba por salir de la multitud, pero mis movimientos eran torpes. Entonces notaban mi presencia. Las voces subían y bajaban a un ritmo caprichoso, era un murmullo ensordecedor que me daba angustia y me situaba en medio del escenario. Ahí estaba yo, intentando responder a sus preguntas ininteligibles, mientras me obligaban a mover objetos pequeños que pesaban horrores, y a desplazar sombras enormes que rebotaban sin dificultad alguna. Por allá a lo lejos, flores negras se desplegaban ante mis ojos a una velocidad vertiginosa Lo ilógico de ese mundo violento me producía repulsión y miedo. Abría los ojos, llorando, con la frente en llamas y un dolor de cabeza que empezaba a ceder.

En mayo de 2003 fui a Tlaxcala. En una librería del Fondo, de las que no había por mis rumbos, encontré una antología de textos de Borges y no dudé en llevármela. No era la edición más linda que hubiera visto, pero la promesa de su completitud me convenció. Entre el ocio y la soledad, se colaban por mi ventanal su poesía nacionalista, los cuentos ciegos y la enciclopedia luminosa. Me autoimpuse la placentera tarea de acercarme al mismo tiempo al sur y al universo entero, tan erudito y tan distante de la realidad mía.

No me di cuenta de la medida en que establecí con Borges el juego de evadirme a otros mundos hasta que llegué a uno de los títulos más raros de la antología: “Tlón, Uqbar, Orbis Tertius”. Érase un planeta sin registro enciclopédico, de cuyas pistas el narrador tiene noticia por extraños sucesos. Ahí, según describe, habita una civilización de extraña lengua, variada religión y concepciones de tiempo – espacio inimaginables. Nunca pensé que en ese esfuerzo por llevar la corriente del cuento, habría de encontrar algo como esto:

… A la madrugada el hombre estaba muerto en el corredor. La aspereza de la voz nos había engañado: era un muchacho joven. En el delirio del tirador se le habían caído unas cuantas monedas y un cono de metal reluciente, del diámetro de un dado. En vano un chico trató de recoger ese cono. Un hombre apenas acertó a levantarlo. Yo lo tuve en la palma de la mano algunos minutos: recuerdo que su peso era intolerable y que después de retirado el cono, la opresión perduró. También recuerdo el círculo preciso que me grabó en la carne. Esa evidencia de un objeto muy chico y a la vez pesadísimo dejaba una impresión desagradable de asco y miedo.

Como un aluvión llegaron las imágenes de esas noches difíciles. No daba crédito a la descripción tan precisa de esa sensación que me invadió de niña y que a nadie quise contar… salvo a él, algún tiempo después, en una de nuestras cartas perdidas, a él que también leía a Borges y también venía del sur.

Ahora que se lo he dicho a todos, espero que me ayuden. Que velen mi sueño en esta noche de fiebre, que no me dejen partir a ese mundo de voces y de objetos enfurecidos, como hace años atrás, no sea que ahora que conozco su secreta ubicación, gracias a Borges, sus habitantes misteriosos no me permitan regresar.

Fortuna

Por años, disfrutar del error y de su enmienda, haber podido hablar, caminar libre, no existir mutilada, no entrar o sí en iglesias, leer...