viernes, 17 de abril de 2015

De la evolución que me trajo hasta aquí (Autobiografía emocional no completa)





Cada uno da lo que recibe
luego recibe lo que da.
Nada es más simple, no hay otra norma
nada se pierde, todo se transforma.
J. Drexler

Llegué a la luz un sábado de febrero por la mañana, cuando mi madre ya estaba preocupada pensando que yo nunca “aterrizaría”. Nací en la ciudad de Córdoba porque en mi pueblo no había clínica de ninguna clase y al ser yo la primera hija y la primera nieta, al menos de mis abuelos maternos, no había remedio más que consentirme. Entonces, las coordenadas de Córdoba se tuvieron que quedar en mi carta astral, pero por supuesto, un par de días después, cuando mi mamá se recuperó del trance, fui traída junto con ella al lugar que albergó mi infancia y adolescencia, el lugar que me inspira lo mismo afecto que hastío, San Juan Coscomatepec de Bravo, un pueblo de la sierra veracruzana el cual debido a sus pendientes no puede ser nombrado pueblo bicicletero, pero que hace más 200 años fue catalogado como ciudad heroica, donde hela en invierno, hay un viento fresco en primavera, el agua es pura y el pan es delicioso.

Mis raíces vienen de dos latitudes muy distintas. Soy maya por mi padre, hijo de Miguel, un campesino bilingüe de Dzidzantún, Yucatán, y de un ama de casa oriunda de Puerto Progreso. Nuestro apellido parece más una onomatopeya que una palabra, y se castellanizó para no dar más problemas a los secretarios de los registros civiles, pues en realidad debería escribirse Pu´uc, con la [u] alargada y el golpecito glotal que hace sentir como si el maya fuese una llave de agua que gotea cadenciosamente los sonidos. Mi apellido nombra una ruta que lleva a los viajeros por el centro de la península, en el medio de tres estados, y en algún momento pasa por Uxmal. Un antropólogo con quien trabajé editando libros me contó que Pu´uc es también el estilo arquitectónico más barroco que se les ocurrió a los mayas, cuando quisieron llenar sus edificios de grecas y les pusieron a sus dioses unas narices enormes. Entiéndase que es un estilo escandaloso pero bonito. Y bueno, soy sanjuanera Domínguez, de los varios pero jamás mezclados Domínguez de Veracruz. Mi madre era hija de Tarcisio, un mecánico prodigioso que aprendió su oficio por correspondencia, un hombre amiguero, alegre y generoso quien sobrevivió 21 años al cáncer linfático como si nada le hubiera pasado. Mi abuela Pilar, la madre de mi madre, era una “niña bien” de Coscomatepec que eligió por compañero a ese mecánico, al más puro estilo telenovelesco, y de ahí no se separó más, a pesar de las duras pruebas que la vida le puso enfrente para tentarla.

Soy pues, la mayor de tres mujeres, la más distraída, la menos hábil para las labores manuales y la de más extrañas pero a veces útiles ideas. Soy la hija de mi padre temperamental y de mi madre perfecta, la única de las nietas de la rama paterna que heredó de doña Chelita, la madre de mi padre, lo que yo llamo “la herencia de la oveja blanca”. Es que a Dios le gusta jugar con la genética y mi abuela nació blanca como la nieve y rubia como los elotes porque así le tocó ser, y como estas cosas se heredan a la tercera generación, me tuvo que tocar a mí la falta de melanina que me convierte en una variedad de la especie humana que tiene una familia a quien aparentemente no se parece, o sea, la oveja blanca. Dos cosas aclaro: mi abuelita se llamaba Ramona, pero le decíamos “Chelita o Chela” porque en maya “xel” significa "blanco" o “rubio”; y la segunda cosa es que ser la oveja blanca no significa ser la oveja buena. Por si tenían la duda, digo yo.

Decíales pues que si bien soy rubia, soy muy mexicana, que si bien me veo joven tampoco soy una niña, y que aunque tengo sangre maya, soy jarochita del Pico de Orizaba. Mi infancia y adolescencia transcurrieron en Coscomatepec, entre el amor y atenciones de mis padres, mis tíos y mis abuelos, hasta que mis hermanas nacieron. No sé si mi precocidad lectora venga de esos dos nacimientos que acontecieron con menos de un año de diferencia y captaron la atención de todos, pero cuando me di cuenta, ya estaba leyendo los libros de biografías que mi abuelita Pilar tenía tan a la mano en un librero a ras del piso. Mi papá, entonces profesor de matemáticas en una secundaria, de vez en cuando me llevaba a su escuela, ponía una silla enfrente del salón lleno de adolescentes y me pedía que les contara un cuento. Yo lo hacía obedientemente, sin entender muy bien porqué mi presencia les causaba risa y como que ternura, si para mí todo era asunto serio. Mi mamá se convirtió en maestra de Español, estudió la Normal mientras yo iba creciendo, así que descubrió conmigo la profundidad de la poesía y la complicidad de los cuentos, poco a poco. Además, tenía una memoria prodigiosa y una voz que le heredé, de tal manera que crecí entre música setentera, películas de Pedro Infante los sábados por la tarde, jugando de vez en cuando con los vecinos en la calle y la mayor parte del tiempo, leyendo, construyéndome un mundo donde la protagonista era yo, ya que en el mundo real sentía que había dejado de serlo. Mi papá, hippie de clóset, me contaba anécdotas de los Beatles, me hablaba de Sócrates y Pitágoras, mientras mi mamá me mandaba al mandado más de una vez al día. Así fui niña, entre enciclopedias infantiles que me enseñaron a definir conceptos y caricaturas japonesas como Candy Candy, de la que aprendí que la vida es dolorosa pero bella, o los Caballeros del Zodiaco, de los que aprendí todo lo que hasta la fecha sé bien de mitología griega.

Luego vino la adolescencia, plena de amores platónicos, berrinches, libros escondidos y viento de libertad. Leí revistas de chismes, a Rulfo, la Teleguía, a García Márquez, los libros de Química, lo que fuera. Mi sueño era ser locutora de radio. Grababa canciones en mis cassettes siempre dispuestos en el estéreo, llamaba para mandar saludos al aire, yo quería. Pero el viento caprichoso de las carreras caras y los destinos poco prometedores me alejaron de Comunicación y, para sorpresa de mi madre y protesta de mi padre, me llevaron a la Facultad de Letras. A casi diez años de haberme graduado, no logro definir mi paso por el pasillo del edificio F, sólo sé que fue la mejor decisión que pude haber tomado. Letras me reveló el mundo, la lengua, la literatura, los juicios cabales, la claridad de pensamiento que se practica y el mundo intelectual, a veces rico, a veces enajenado al que definitivamente no pertenezco. Hice amigos del alma y libros del alma, para seguir mi camino inesperado como editora, secretaria técnica de un Congreso, asistente de lengua en Francia y profesora de universidad aquí. Y sí, lo logré, contra todo pronóstico he vivido de las palabras, me alimento de ellas y las presumo. Por ahora quiso la vida dejarme estacionada de nuevo en mi pueblo, quizá esperando que me anime a hacer algo más que admirar su verdor y tranquilidad. Como no sé por cuánto tiempo será, me propongo hacer cosas raras, una sala de lectura, por ejemplo, para que los coscomatepecanos aprovechen el paisaje y el frío nutriendo la imaginación.

Me gusta el chocolate, el vino, el queso, el pan; la música, escribir, nadar, besar y abrazar; me encanta el olor de los libros nuevos y la textura de los libros viejos; me gusta trabajar, y me gusta más pensar que los inesperados giros que ha dado mi vida se deben a que voy montada en un avioncito de papel lleno de palabras clave, señales que antes vi y hoy puedo comprender como parte de un plan perfecto. La lectura me hizo ver que no todo es lectura en esta vida, que hay que vivirla, disfrutarla, decirla y enriquecerla para convertirla después en una lectura mejor. La lectura me acompañó cuando quise viajar, cuando lloré por amor, cuando cuidaba a mi mamá en el hospital. Yo le leía a ella, feliz de darle esperanza, emocionada por demostrarle a través de las palabras que ella fue mi protectora de la infancia, mi retadora de la adolescencia y la mejor amiga de mi juventud. 

Pero pensándolo bien, tengo cosas maravillosas además de la lectura. Tengo un bisabuelo de 107 años, una biblioteca personal, un trabajo especialmente diseñado para compartir ya que también soy profesora, tengo algunos escritos rescatables, muchos amores imaginados, dos recuerdos de amores que alguna vez fueron reales, tengo internet, montañas y aire puro, tengo a mi madre en lo más profundo de mis raíces, amándome, aunque ya no esté en este mundo. Tengo la certeza de que la vida se transforma como en un acto de magia visto en cámara lenta. Me ha tomado muchos años dejarme llevar por esta corriente que subyace a la seguridad y a la tranquilidad, igual que los ríos subterráneos que pasan por debajo de los pacíficos cenotes mayas. La vida es postal y es movimiento. Y en esta vida que me fue dada, me faltan muchas lecturas para crecer, muchas personas a las que conocer y muchas maravillas por ahí escondidas para mí y para todos ustedes, bajo las estrellas mayas. Tengo 31 años de edad, un protocolo de investigación por terminar, una montaña de gratitud por cada experiencia que me construyó, por la feliz coincidencia de estar aquí, y tengo, sin duda, unas transformadas ganas de seguir existiendo.

*Texto presentado hoy en Estrategias lectoras.

lunes, 13 de abril de 2015

Galeano

Conocí a Galeano hace relativamente poco, menos de diez años, lo cual me parece una lástima. Me hubiera gustado tener un tío así. Me hubiera gustado ir a la USBI Xalapa cuando vino pero no me enteré. Me hubiera gustado acercarme ceremoniosamente, con miedo y admiración, a pedirle que me firmara Los hijos de los días. Dichosos los uruguayos que fructifican personajes dulces, sabios y férreos como él.
Leyéndolo aprendí que soy un fueguito:

Un hombre del pueblo de Negua, en la costa de Colombia, pudo subir al alto cielo.

A la vuelta, contó. Dijo que había contemplado, desde allá arriba, la vida humana. Y dijo que somos un mar de fueguitos.

-El mundo es eso - reveló-. Un montón de gente, un mar de fueguitos.

Cada persona brilla con luz propia entre todas las demás. No hay dos fuegos iguales. Hay fuegos grandes y fuegos chicos y fuegos de todos los colores. Hay gente de fuego sereno, que ni se entera del viento, y gente de fuego loco, que llena el aire de chispas. Algunos fuegos, fuegos bobos, no alumbran ni queman; pero otros arden la vida con tantas ganas que no se puede mirarlos sin parpadear, y quien se acerca, se enciende. A la vuelta, contó. Dijo que había contemplado, desde allá arriba, la vida humana. Y dijo que somos un mar de fueguitos.

-El mundo es eso - reveló-. Un montón de gente, un mar de fueguitos.

Cada persona brilla con luz propia entre todas las demás. No hay dos fuegos iguales. Hay fuegos grandes y fuegos chicos y fuegos de todos los colores. Hay gente de fuego sereno, que ni se entera del viento, y gente de fuego loco, que llena el aire de chispas. Algunos fuegos, fuegos bobos, no alumbran ni queman; pero otros arden la vida con tantas ganas que no se puede mirarlos sin parpadear, y quien se acerca, se enciende. 


Aprendí que hay que vivir sin miedo:



Y que tengo derecho al delirio:

  

Gracias, don Eduardo, y hasta pronto. 

domingo, 5 de abril de 2015

Quedando atrás

Nuestro amor era igual
que una tarde de abril
que también es fugaz
como ser feliz
Pudo ser y no fue 

por ser la vida como es
nos dio la vuelta del revés
¿lo ves? 


Abril es mes de otoño y primavera, de acomodo de las hojas en el piso o en el árbol, de caída de gotas finas y rayos de sol sin estrétipito. Es un mes propicio para la insinuación, el despertar, la suavidad, la tenue figura de lo que vendrá. El aire comienza a ser cálido, los sonidos dejan de esconderse tras las prendas del invierno. Es fugaz, como dice la canción, finaliza la gestación y nace, calllada, la oportunidad de destellar todo lo nuevo. Soltar dulcemente, recordar lentamente, atrapar sin expectativas, ser. Hacer nuevas todas las cosas, sólo Uno puede.

Dos años.

Casa / Home

nadie se va de casa salvo que la casa sea la boca de un tiburón solo corres hacia la frontera cuando ves a toda la ciudad corriendo tamb...