viernes, 4 de diciembre de 2015

Zurcir

Para zurcir mi vacío, me pondré un dedal de cobre, muchos hilos de colores, y la aguja del estío, que derrita tanto frío, y me aclare las pupilas, las papilas gustativas, y la pena que me abruma cuando un árbol se derrumba vuelan miles de semillas.

lunes, 23 de noviembre de 2015

Hay

Hay que enojarse, hay que amargarse, hay que llorar. Hay que mandar al carajo a la gente que te falta al respeto, a la que te ignora cuando ya no te necesita, a la que se aleja en los peores momentos. Hay que dejar ir. Hay que enfrentar a la soledad todos los días hasta tolerarla. Hay que gritar. Hay que romper cosas de vez en cuando sin lastimar a nadie, pero con ganas.
Hay que aprender a vivir con nuestro lado oscuro.
Solamente así se puede continuar, libre de estorbos, por el camino incierto de la vida buena.

miércoles, 5 de agosto de 2015

Dos sueños

Antier me sentí muy nostálgica, extrañé a mi mamá más de lo que suelo hacerlo y eso ya es mucho decir. Luego, ayer por la mañana salí a un asunto en particular y coincidí con una vecina a la que casi nunca veo.
Ella me saludó y me dijo: -Qué coincidencia. Anoche soñé con tu mamá. Nos encontrábamos aquí, en nuestra calle, y me dio un abrazo muy fuerte. Estaba hermosa y sonriente como siempre.
El día se me iluminó.
Sé que andas por ahí, repartiendo abrazos, tantos como me diste a mí. Te quiero.



Anoché soñé contigo. Estábamos en un lugar abierto, público, que no sabría definir, podría haber sido un auditorio con jardines y gente preparándose para un evento. Te veías emocionado y querías mostrarme algunas cosas. Lo curioso ahora que recuerdo esto, aunque en el sueño me parecía natural, es que tuvieras en brazos a ese bebé tan hermoso. Eras un feliz papá, te veías seguro, sereno, mucho mejor que antes. No sé si pronto lo serás, sí sé que era algo que anhelabas. Tu hijo sonreía, con ese encanto mordisqueable que tienen los bebés de entre 6 meses y un año. Tenía una mirada luminosa y hubo un instante en que hasta soltó una carcajada de sonaja y alegría. Tanta dicha me trnasmitió en ese momento que lo bendije en voz alta. Eras tú, pleno, con tu hijo en brazos. Cuatro años pasan rápido para quienes elegimos no recordar las ilusiones compartidas. Estamos en paz.

sábado, 27 de junio de 2015

Cantar

If I could find a way to see this straight
I'd run away
To some fortune that I, I should have found by now

And so I run now to the things they said could restore me
Restore life the way it should be
I'm waiting for this cough syrup to come down

domingo, 21 de junio de 2015

Figuras retóricas

Teníamos que estudiarlas todas, sobre todo las más curiosas y complicadas, como el hipérbaton, la anáfora, el retruécano... en fin. En aquel momento decidí hacer con el programa lo que se me antojara y que más allá del Barroco y el Modernismo, mis alumnos conocieran también la poesía contemporánea. En el 2014 se celebró a Octavio Paz y a Efraín Huerta, y pienso que es bueno, bonito y necesario leerlos, sobre todo si eres adolescente y nunca en la vida has agarrado un libro ni para verle la portada. El resultado en ese momento fueron lienzos poéticos hechos con ganas, con creativiad, con letras raras de ésas que les gusta hacer a los chamacos y una sensación de orgullo interno cuando dos meses después, en una antología de tema libre, un muchacho eligió al Gran Cocodrilo como tema principal mientras otro se enfocó en Paz. Dos de doscientos, no importa, son dos que descubrieron algo ahí.

El caso es que esta vez, repasando, recordé que se me había dado la gana abordar sólo 4 figuras retóricas: la metáfora, el oxímoron, la comparación y la sinécdoque. Puse en una misma hoja a Quevedo, a Benedetti y a "Julieta", la canción de Fernando Delgadillo, nomás para ver si estos becerros admiten que hay canciones bien escritas y que no son precisamente las que ellos escuchan. ¿Resultados? 1. Les costó mucho trabajo identificar las figuras en cualquiera de los tres textos, pero se aburrieron menos que hace meses.2. Un alumno reconoció que "el poeta" o sea Quevedo, debía saber mucho de todo para insultar bien y bonito tal como lo hace en "A una nariz".  3. Al cuestionarme sobre el verso de Mario que dice "inventar la paz aunque sea a ponchazos", les conté sobre la dictadura y les acordé de Galeano, sí, el señor que hizo un libro donde hay un texto para cada día del año, el viejito que se murio apenas, y también les recordé de Gelman, el escritor que encontró a su nieta después de haber perdido a su familia. Mario lo dice por eso, por la opresión que sólo los jóvenes podían combatir. En su país había problemas, una dictadura que gobernaba, estaban secuestrando a la gente al por mayor, todos callaban por miedo, mucha injusticia e inconformidad. ¿Les suena? -Ay, maestra, pues aquí estamos igual.

Y para terminar la clase:
- Yo: ¿Qué les pareció la canción de Julieta?
-Todos: ¡Qué bonitaaaaaaaaa!
-Uno por ahí:  Es muy triste. A estos niños les pasó lo mismo que a los de Avenida Brasil.

Si no fuera por estos momentos y los días de quincena...


jueves, 18 de junio de 2015

Cumpleaños

Desear abrazarte en tu cumpleaños, ahora que no estás, equivale a tener dos sentimientos encontrados muy precisos: el de querer vivir por ti y el de querer morirme pronto para volver a verte.

viernes, 12 de junio de 2015

Obsesiones



He repasado tu recuerdo todo el día, he asociado tu nombre a la tristeza y al perdón. La intuición, flama caprichosa, algo me dice: cuando yo he pensado en ti, pensaste en mí.

Hay niveles

Yo creía en la brujería y estaba seguro de que algún día se me concederían los tres deseos que incontables historias me habían enseñado a utilizar con buen criterio. Me preparé para encuentros con fantasmas, con la muerte, con animales parlantes,con la violencia de hechiceros y piratas, hice planes muy complicados para viajar hasta islas que serían escenarios de aventuras en las que Simbad se convertiría en mi amigo del alma. Tan sólo cuando, años más tarde, rocé por primera vez el cuerpo de mi amante, comprendí que en algunos casos la literatura puede no alcanzar la altura de la realidad

Alberto Manguel, Una historia de la lectura



Maravilla de frase, así de simple, qué más amor a la vida que escribir esto cuando dedica más de 500 páginas a una apología de la lectura.

domingo, 10 de mayo de 2015

Nunca

Y te susurré al oído
mientras tu vida
se extinguía;
tú no morirás nunca,
porque en nosotros
eres eterna.


No sé de quién es el texto, pero simple y todo, describe el amor que a muchos se nos queda hoy entre los brazos.

viernes, 17 de abril de 2015

De la evolución que me trajo hasta aquí (Autobiografía emocional no completa)





Cada uno da lo que recibe
luego recibe lo que da.
Nada es más simple, no hay otra norma
nada se pierde, todo se transforma.
J. Drexler

Llegué a la luz un sábado de febrero por la mañana, cuando mi madre ya estaba preocupada pensando que yo nunca “aterrizaría”. Nací en la ciudad de Córdoba porque en mi pueblo no había clínica de ninguna clase y al ser yo la primera hija y la primera nieta, al menos de mis abuelos maternos, no había remedio más que consentirme. Entonces, las coordenadas de Córdoba se tuvieron que quedar en mi carta astral, pero por supuesto, un par de días después, cuando mi mamá se recuperó del trance, fui traída junto con ella al lugar que albergó mi infancia y adolescencia, el lugar que me inspira lo mismo afecto que hastío, San Juan Coscomatepec de Bravo, un pueblo de la sierra veracruzana el cual debido a sus pendientes no puede ser nombrado pueblo bicicletero, pero que hace más 200 años fue catalogado como ciudad heroica, donde hela en invierno, hay un viento fresco en primavera, el agua es pura y el pan es delicioso.

Mis raíces vienen de dos latitudes muy distintas. Soy maya por mi padre, hijo de Miguel, un campesino bilingüe de Dzidzantún, Yucatán, y de un ama de casa oriunda de Puerto Progreso. Nuestro apellido parece más una onomatopeya que una palabra, y se castellanizó para no dar más problemas a los secretarios de los registros civiles, pues en realidad debería escribirse Pu´uc, con la [u] alargada y el golpecito glotal que hace sentir como si el maya fuese una llave de agua que gotea cadenciosamente los sonidos. Mi apellido nombra una ruta que lleva a los viajeros por el centro de la península, en el medio de tres estados, y en algún momento pasa por Uxmal. Un antropólogo con quien trabajé editando libros me contó que Pu´uc es también el estilo arquitectónico más barroco que se les ocurrió a los mayas, cuando quisieron llenar sus edificios de grecas y les pusieron a sus dioses unas narices enormes. Entiéndase que es un estilo escandaloso pero bonito. Y bueno, soy sanjuanera Domínguez, de los varios pero jamás mezclados Domínguez de Veracruz. Mi madre era hija de Tarcisio, un mecánico prodigioso que aprendió su oficio por correspondencia, un hombre amiguero, alegre y generoso quien sobrevivió 21 años al cáncer linfático como si nada le hubiera pasado. Mi abuela Pilar, la madre de mi madre, era una “niña bien” de Coscomatepec que eligió por compañero a ese mecánico, al más puro estilo telenovelesco, y de ahí no se separó más, a pesar de las duras pruebas que la vida le puso enfrente para tentarla.

Soy pues, la mayor de tres mujeres, la más distraída, la menos hábil para las labores manuales y la de más extrañas pero a veces útiles ideas. Soy la hija de mi padre temperamental y de mi madre perfecta, la única de las nietas de la rama paterna que heredó de doña Chelita, la madre de mi padre, lo que yo llamo “la herencia de la oveja blanca”. Es que a Dios le gusta jugar con la genética y mi abuela nació blanca como la nieve y rubia como los elotes porque así le tocó ser, y como estas cosas se heredan a la tercera generación, me tuvo que tocar a mí la falta de melanina que me convierte en una variedad de la especie humana que tiene una familia a quien aparentemente no se parece, o sea, la oveja blanca. Dos cosas aclaro: mi abuelita se llamaba Ramona, pero le decíamos “Chelita o Chela” porque en maya “xel” significa "blanco" o “rubio”; y la segunda cosa es que ser la oveja blanca no significa ser la oveja buena. Por si tenían la duda, digo yo.

Decíales pues que si bien soy rubia, soy muy mexicana, que si bien me veo joven tampoco soy una niña, y que aunque tengo sangre maya, soy jarochita del Pico de Orizaba. Mi infancia y adolescencia transcurrieron en Coscomatepec, entre el amor y atenciones de mis padres, mis tíos y mis abuelos, hasta que mis hermanas nacieron. No sé si mi precocidad lectora venga de esos dos nacimientos que acontecieron con menos de un año de diferencia y captaron la atención de todos, pero cuando me di cuenta, ya estaba leyendo los libros de biografías que mi abuelita Pilar tenía tan a la mano en un librero a ras del piso. Mi papá, entonces profesor de matemáticas en una secundaria, de vez en cuando me llevaba a su escuela, ponía una silla enfrente del salón lleno de adolescentes y me pedía que les contara un cuento. Yo lo hacía obedientemente, sin entender muy bien porqué mi presencia les causaba risa y como que ternura, si para mí todo era asunto serio. Mi mamá se convirtió en maestra de Español, estudió la Normal mientras yo iba creciendo, así que descubrió conmigo la profundidad de la poesía y la complicidad de los cuentos, poco a poco. Además, tenía una memoria prodigiosa y una voz que le heredé, de tal manera que crecí entre música setentera, películas de Pedro Infante los sábados por la tarde, jugando de vez en cuando con los vecinos en la calle y la mayor parte del tiempo, leyendo, construyéndome un mundo donde la protagonista era yo, ya que en el mundo real sentía que había dejado de serlo. Mi papá, hippie de clóset, me contaba anécdotas de los Beatles, me hablaba de Sócrates y Pitágoras, mientras mi mamá me mandaba al mandado más de una vez al día. Así fui niña, entre enciclopedias infantiles que me enseñaron a definir conceptos y caricaturas japonesas como Candy Candy, de la que aprendí que la vida es dolorosa pero bella, o los Caballeros del Zodiaco, de los que aprendí todo lo que hasta la fecha sé bien de mitología griega.

Luego vino la adolescencia, plena de amores platónicos, berrinches, libros escondidos y viento de libertad. Leí revistas de chismes, a Rulfo, la Teleguía, a García Márquez, los libros de Química, lo que fuera. Mi sueño era ser locutora de radio. Grababa canciones en mis cassettes siempre dispuestos en el estéreo, llamaba para mandar saludos al aire, yo quería. Pero el viento caprichoso de las carreras caras y los destinos poco prometedores me alejaron de Comunicación y, para sorpresa de mi madre y protesta de mi padre, me llevaron a la Facultad de Letras. A casi diez años de haberme graduado, no logro definir mi paso por el pasillo del edificio F, sólo sé que fue la mejor decisión que pude haber tomado. Letras me reveló el mundo, la lengua, la literatura, los juicios cabales, la claridad de pensamiento que se practica y el mundo intelectual, a veces rico, a veces enajenado al que definitivamente no pertenezco. Hice amigos del alma y libros del alma, para seguir mi camino inesperado como editora, secretaria técnica de un Congreso, asistente de lengua en Francia y profesora de universidad aquí. Y sí, lo logré, contra todo pronóstico he vivido de las palabras, me alimento de ellas y las presumo. Por ahora quiso la vida dejarme estacionada de nuevo en mi pueblo, quizá esperando que me anime a hacer algo más que admirar su verdor y tranquilidad. Como no sé por cuánto tiempo será, me propongo hacer cosas raras, una sala de lectura, por ejemplo, para que los coscomatepecanos aprovechen el paisaje y el frío nutriendo la imaginación.

Me gusta el chocolate, el vino, el queso, el pan; la música, escribir, nadar, besar y abrazar; me encanta el olor de los libros nuevos y la textura de los libros viejos; me gusta trabajar, y me gusta más pensar que los inesperados giros que ha dado mi vida se deben a que voy montada en un avioncito de papel lleno de palabras clave, señales que antes vi y hoy puedo comprender como parte de un plan perfecto. La lectura me hizo ver que no todo es lectura en esta vida, que hay que vivirla, disfrutarla, decirla y enriquecerla para convertirla después en una lectura mejor. La lectura me acompañó cuando quise viajar, cuando lloré por amor, cuando cuidaba a mi mamá en el hospital. Yo le leía a ella, feliz de darle esperanza, emocionada por demostrarle a través de las palabras que ella fue mi protectora de la infancia, mi retadora de la adolescencia y la mejor amiga de mi juventud. 

Pero pensándolo bien, tengo cosas maravillosas además de la lectura. Tengo un bisabuelo de 107 años, una biblioteca personal, un trabajo especialmente diseñado para compartir ya que también soy profesora, tengo algunos escritos rescatables, muchos amores imaginados, dos recuerdos de amores que alguna vez fueron reales, tengo internet, montañas y aire puro, tengo a mi madre en lo más profundo de mis raíces, amándome, aunque ya no esté en este mundo. Tengo la certeza de que la vida se transforma como en un acto de magia visto en cámara lenta. Me ha tomado muchos años dejarme llevar por esta corriente que subyace a la seguridad y a la tranquilidad, igual que los ríos subterráneos que pasan por debajo de los pacíficos cenotes mayas. La vida es postal y es movimiento. Y en esta vida que me fue dada, me faltan muchas lecturas para crecer, muchas personas a las que conocer y muchas maravillas por ahí escondidas para mí y para todos ustedes, bajo las estrellas mayas. Tengo 31 años de edad, un protocolo de investigación por terminar, una montaña de gratitud por cada experiencia que me construyó, por la feliz coincidencia de estar aquí, y tengo, sin duda, unas transformadas ganas de seguir existiendo.

*Texto presentado hoy en Estrategias lectoras.