domingo, 18 de mayo de 2014

Permanencia voluntaria

Conocí a Cris en primero de primaria. Desde los cinco años y medio se convirtió en una presencia constante en mi vida, para bien o no tan bien. Compartíamos junto con sus vecinos el camino a la escuela, nos contábamos secretos y cuentos de espantos. En la secundaria se convirtió en algo así como mi mejor amiga, claro, de esas mejores amigas que hablan mal a tus espaldas, te ponen a prueba o te dicen qué hacer. Su energía me abrumaba y me inspiraba al mismo tiempo. Fue para mí fuente de compañía y desengaño, no sólo por su manera de ser sino porque a través de ella me descubría a mí misma. Luego el destino nos llevó por distintos lares, pero siempre hubo algún correo esporádico o una conversación de Messenger para ponernos al día, a pesar de que, pensándolo bien, nuestras casas paternas se encuentran a escasas 4 cuadras de distancia.

Volví a verla en 2011, cuando supe que había estado delicada. Platicamos largamente, me invitó a una fiesta, nada la detenía. Un medicamento fuerte en dosis mal recetada le arruinó los riñones muy rápida e irremediablemente. Cuando por fin hubo un donador y una fecha de trasplante, la posibilidad la puso tan nerviosa que le sobrevino un derrame cerebral. Dos semanas antes de irme a Argentina la visité en el hospital y creí que sería la última vez. Durante ese viaje, una noche que pasé sola en Rosario, soñé con ella. Su aire familiar me dio a entender que estaba bien y por alguna razón que no comprendo, sentí que ya era hora de regresar a mi casa. De ahí la visité algunas veces y pude ver sus progresos. Le conté mis ilusiones, mis penas amorosas, ella apenas podía hablar, pero a paso seguro se fue recuperando. La noticia del trasplante en noviembre pasado apenas fue el preludio de los días tremendos que habría yo de pasar junto con toda mi familia. Por obvias razones no estuvimos en contacto. Entonces una mañana de febrero, recién llegadas del internamiento, mi mamá despertó sin ánimo de nada y con muchas ganas de llorar. Pasó el desahogo y estábamos en el intento de que desayunara cuando el teléfono sonó. “Madrina –le dijo Cris- tenía muchas ganas de saludarla. Por favor no pierda la fe, míreme a mí…” Hoy sé que ella apenas si puede ver bien y ese día tenía el teléfono al alcance por mera coincidencia, pues sigue aislada en su propia casa por extrema precaución indicada. Hacía años que no marcaba el número de mi casa pero pudo recordarlo.

Hace días que me ha rondado por la mente la idea de la voluntad, ausente o menoscabada en estos tiempos donde apenas podemos con nosotros mismos. Confusiones, miedos, complejos, ansiedad, depresión, nos da de todo, menos ganas. En medio de ese aislamiento del que por supuesto tampoco me salvo, han permanecido junto a nosotros (perdón que pase del singular al plural, pero las impresiones son mías y el cáncer se vive en conjunto) algunas de las personas esperadas y algunas inimaginadas. Y digo algunas porque de igual manera, hay una lista importante de ausentes esperados. Cualquiera diría bueno, no deberías sorprenderte, como dice Shakespeare en las frases de facebook: “Yo siempre soy feliz, ¿sabes por qué? Porque nunca espero nada de nadie, bla bla bla…” Pero el asunto va más allá. Simplemente están quienes quieren estar y punto. Llegué a esa conclusión cuando alguien me escribió diciendo que quería saber de mí pero le daba terror pronunciar siquiera la palabra “cáncer”. “Es que no sé cómo acompañarte”. “Yo tampoco –le dije- pero hay quienes sin pedirles han sabido estar”.

Por supuesto hay de estares a estares. En una situación grave, a algunos les gana el morbo y se les olvida el cariño. Otros admiten las dificultades que impone la distancia pero están al pendiente. Otros que reciben tus correos en plena distancia como piedritas lanzadas a una ventana lejana, y deciden no abrir, permanecen en silencio, “la forma más sutil de la violencia”. Otros escriben mensajes escuetos de conmiseración y fuerza que sólo les hace sentir mejor a ellos así que bien podrían ahorrárselos. Hay quienes teniendo tu número no te marcan, y cuando te marcan resulta que era número equivocado. Hay quienes predican que cuando se necesita ayuda hay que pedirla, sin ponerse a pensar que más allá del orgullo y la soberbia, entre el dolor y la incertidumbre uno no sabe cómo pedir ayuda. Hay días en que ni siquiera hace falta ayuda, con un abrazo basta.

Una periodista que fue madre soltera, alcohólica y padeció cáncer de mama dice en uno de sus textos que es natural no saber cómo reaccionar ante la enfermedad y el sufrimiento. La muerte se llora, la salud se celebra, pero ser compañeros de camino es otra cosa. Cada uno se enfrenta al destino del otro sabiendo que en cualquier momento podría ser él o ella quien pase por lo mismo, y nadie quiere pensar en eso, pero de hecho sucede. Entre los consejos que escribe desde su perspectiva como paciente, sugiere a las personas volverse útiles y prácticas al prestar ayuda, ofrecerla con cierta insistencia y no ofenderse ante las negativas; ser asertivos, escuchar al enfermo, contribuir a relajar el ambiente. Aconseja no hacer preguntas detalladas y respetar la voluntad del enfermo, pero no dejar nunca de “estar ahí”. La gracia de comunicarse se vuelve punto clave, las llamadas y los mensajes, incluso breves, son muy valiosos. Y apunta: “más allá de las dádivas y las palabras de ánimo que llegan a perder sentido, una manera eficaz de demostrar aprecio es ser constantes. A mayor duración del tratamiento, mayor soledad en el proceso. Esto sucede tanto con el paciente como con sus familiares”.

Y tras bambalinas, en medio de reacciones psicológicamente esperables, están entre otros sentires, el amor y la amistad. No me acuerdo de dónde saque esa imagen de que la vida es como un autobús. Cuando te subes ya va medio lleno, te sientas y durante el trayecto, hay quien te sonríe, te ve mal o te hace plática. Tú eliges si admirar el paisaje o ponerte los audífonos, pero mientras tanto, infinidad de gente sube y baja en distintas paradas, hasta que llegas a la tuya, aunque no sepas cuál es ni por dónde va esa ruta. Quizá haya alguien que se quiera quedar sentado al lado tuyo, quizá no. Quizá los más entrañables se bajen cuando te acabas de subir tú, o después de ti. Por eso la familia es fundamental, por eso conforme pasa el tiempo y con suerte quedan unos cuantos amigos, por eso la sabia elección de pareja es tan importante. La verdad universal de que cualquiera te acompaña en las buenas pero no en las malas se deja descubrir tras un velo que cae poquito a poco, acompañado por un dolor muy leve, es una de las tantas muertes dentro del gran ciclo de la vida. Sin embargo, me parece que incluso esa verdad tiene un matiz: no siempre los ausentes quedan del lado de la desgracia, como yo erróneamente llegué a pensarlo hace poco, no todo está en ver llegar el invierno y cosechar el fruto exiguo del poquito amor que se sembró. Aunque sí, pero no todo. Sencillamente cada uno lleva una ruta distinta que lo hace cambiar de autobús. Se queda contigo quien realmente desea quedarse, se hace presente quien tiene la voluntad de hacerlo, quien no te lee la mente ni espera una señal, sólo es y está.  Hace falta una muy buena dosis de humildad para aceptar al otro como es y también para dejarlo ir como es, pues si bien todo cambia, algo permanece en nosotros como eterno recordatorio de que somos humanos, nada más (y nada menos).

Dos o tres posts más abajo una persona dice que eso está bien, que todo cambia, que los que antes eran ahora ya no son y si así no fuera, nos quedaríamos estancados y la vida se echaría a perder. Coincido, aunque me gusta mucho más cómo lo expresa Pitol: “Uno es una suma mermada por infinitas restas”. En todo caso, quiero confiar, en la resta de los amigos que vienen y van –como Cris-  habrán de quedar aquellos que siempre han valido la alegría.

sábado, 17 de mayo de 2014

Intraducibles

Soy afortunada, he experimentado aware.
Mañana aplicaré el gokotta.
Deseo que la iktsuarpok no dure mucho tiempo más.
¿A quién no le ha sucedido el Mamihkapinatapei?
Hanyauku, una delicia.
Age-otori me pasó hace 4 años, lo bueno es que siempre crece.
El won me atormenta las más de las veces pero también me ayuda a seguir viviendo.

sábado, 10 de mayo de 2014

Mi mamá

Tiene los ojos almendrados, la piel blanca y el cabello castaño. Siempre fue alta y llenita. Recuerdo que era muy tímida, pero luego de estudiar la licenciatura en seis veranos, se volvió elocuente y desenvuelta. Tiene una habilidad manual impresionante: lo mismo cose abrigos que vestidos para bebés, borda, lava una montaña de trastes o es capaz de guisar (muy rico) en tiempo récord, improvisa mamparas, arreglos florales, y hasta compone televisiones porque estudió electrónica en la prepa. Se casó el día que cumplía 20 y no ha querido a otro hombre más que a ése que tantos sobresaltos le ha dado. Le gustan la música antigua, la literatura y los zapatos de tacón delgado y correa alta. Heredé su voz y su locura ocasional. Me enseñó a lavar bien mi ropa, a no depender de nadie, a no tener deudas, a ser amable con todos y sobre todo, puso en mis labios la invocación a Dios, a cada paso, en todo momento,sembró la fe que crece en mí.

Puedo decir que es éste el primer 10 de mayo que saboreo plenamente la fortuna de que esté aquí. Hasta eso me está enseñando, cómo vivir cada día sin importar lo que vendrá. No hay cáncer que apague tanta luz que lleva dentro. Sin duda fui enviada al vientre de la madre perfecta para mí, la única-además de yo misma- que ha podido amarme tal como soy.

domingo, 4 de mayo de 2014

Horas de vuelo

Tenía una hora libre y no quería estar en la cafetería. Hacía calor, las sillas blancas de plástico a la una de la tarde en un espacio abierto no me resultaron tan cómodas cuando llegó a instalarse por ahí también el grupo con el que me tocaba la siguiente clase. Ya bastante tenemos con vernos todos los que somos (57 contándome) durante 50 largos minutos antes de que suene el timbre de salida. Llegaron a posarse ahí como pajaritos en arboleda a las 6 de la tarde. Entonces me levanté graciosamente y me dirigí a la biblioteca que más bien funge como sala de medios. Los libros que rescaté de una gaveta abandonada y llevé a entregar desde antes de salir de vacaciones seguían ahí, en desorden, esperando que alguien los mire con cariño.

Fingí estar muy concentrada buscando un título interesante, porque no tenía ganas de platicar con un par de personajes que rondaban por ahí. A veces sencillamente uno no tiene nada qué decir ¿o me estaré amargando más de lo admisible? Como sea, empecé a formar columnitas de libros por tamaño. Hay de todo: clima, ciencia, arte, historia de México y literatura, la que quieran. Me encontré la Iliada en cómic y hasta me dieron ganas de leerla. Pero entonces se me apareció con una bella portada celeste, un ejemplar nuevecito de Horas de vuelo, del chiapaneco Eraclio Zepeda. El nombre me remitió de inmediato a "Benzuzul", un cuento incluído en el texto base de la materia de Literatura que utilizan todos los bachilleratos generales, o mejor dicho, que utilizaban hasta mis tiempos no (muy) lejanos. Ya no me acuerdo de qué trata "Benzuzul". Total, que me dio buena espina la ilustración de un brazo amarrado a una alita construida con carrizos y quise llevármelo. No había nadie a quién pedirlo prestado.Ni profesores ni alumnos visitan esa parte del aula. Qué más da.

Agradable sorpresa la que me llevé. No es porque tenga fresco el recuerdo de los horizontes del sur, quizá porque tengo mucho qué calificar y encontré el pretexto perfecto para evadirme, pero los cuentos son realmente buenos. Me sentí como si estuviera escuchando a uno de esos tíos vagabundos que nadie tiene contándome alguna anécdota mientras se come una botana de queso de Cintalapa y una cerveza para el calor. Los paisajes de todo Chiapas se recrean con mucha gracia en los relatos unidos por una particularidad: el amor al aire. En escena aparece un águila arpía, un piloto, un payaso con globo aerostático propio, un viejito con la irremediable ilusión de volar de verdad, todos acompañados por la gente común que suele darle sabor a las peripecias. Se nota que este libro fue escrito por un antropólogo talentoso. Quien tenga ganas de irse a volar un ratito entre los cambios bruscos de clima y el trabajo de vez en cuando agobiante, hágalo entre estas páginas.



Fortuna

Por años, disfrutar del error y de su enmienda, haber podido hablar, caminar libre, no existir mutilada, no entrar o sí en iglesias, leer...