jueves, 30 de agosto de 2012

Otro laberinto



   Para  E. G. K.

Con esa maestría fina, misteriosa y amarga que poseía su arte, refirió Jorge Luis Borges un suceso transmitido por la tradición oral, que a su vez fue consignado  probablemente por algún historiador arábigo. Hubo dos reyes que visitaron sus respectivos reinos. Primero el árabe visitó al babilonio, quien en un acto de mala voluntad hizo internar a su homólogo en un laberinto intrincado y angustiante, hasta que aquél pudo salir días después, no sin haber padecido miedo y coraje ante semejante capricho de poder. Quiso el destino -(¿o fue Alá?, ¿o la vida?, ¿o el ajedrez puesto al servicio de la oscura venganza?)- que el babilonio perdiera su reino más tarde ante las huestes árabes. El rey triunfante decidió, con toda justicia, mostrar al babilonio una obra maestra de la arquitectura laberíntica de todos los tiempos, construida, claro está, por el único arquitecto de nombre respetable hasta la fecha. Y así fue como el monarca caído en desgracia se perdió para siempre en el desierto.

A nadie se le hubiera ocurrido pensar que el Sahara fue hace millones de años una jungla riquísima, ruidosa, húmeda, matizada por mil tonos de verde y amarillo. Pocos son capaces de describir el desconcierto de la piel que camina bajo el sol inclemente y duerme bajo la luna helada del contradictorio desierto. La vida se escatima en un oasis y la muerte se esparce por las dunas suaves e interminables. Eso es el desierto: el lugar donde conviven con envidiable armonía la desazón y la esperanza. ¿Existe acaso una metáfora geográfica más apropiada para la soledad? En el desierto la vulnerabilidad del ser cobra fuerza (y esta sensación también es contradictoria, pero cierta) hasta dejarnos al pie de la nada, débiles, sedientos, abandonados a la voluntad divina. Y ha sido en el desierto, lejos de las voces y de los abrazos, donde algunas almas confundidas han logrado comprender la gratuidad del acontecer humano bajo aquella mano invisible. Nada bueno, ni malo tiene razón de ser, nada merecemos ni perdemos, nada está escrito, todo está escrito, todo fluye tal como el agua de un río (en el desierto no hay ríos, pero los sabios los imaginan), todo termina bajo la arena ondulante, no existe el miedo, sólo la paz, tan ajena y tan dentro de uno mismo que llega a costar mucho trabajo alimentarla.

Evidentemente no todos los hombres han resistido el golpe de inmensidad y vacío que ofrece la visión del desierto. Varios se estremecen de sólo pensar en morir de hambre igual que el infortunado babilonio que pagó tan caro sus afanes de grandeza. Esa sensación de temor infundado se percibe de vez en cuando en las mañanas lluviosas y calladas, a veces también pasa como un golpe de viento cuando se anda por la calle, entre la muchedumbre que lleva y trae sus preocupaciones en silencio. Pero hay quienes en un arranque de valor, locura o desesperación, se adentran en sus desiertos personales, lejos de las caravanas, sabiendo que podrían no salir jamás, o en caso contrario, podrían aprender alguna lección de humildad, encontrar alguna piedra de conocimiento o, en el mejor de los casos, abrevar aunque sea un segundo en el oasis de la fe y la paciencia, vitales líquidos, laberínticas virtudes.

Tales desiertos particulares forman parte de un desierto universal el cual llegamos a pisar todos sin excepción. ¿Por qué? Porque el diseño original del arquitecto así lo exige, y más de un experto en estos temas se ha quitado el sombrero ante la exactitud de los cálculos. Lo que no todos saben, pero quizá, con el tiempo, lo adivinan, es que a lo largo de estas áridas travesías aparecen (disfrazados de espejismos sin serlo) algunos puentes que comunican desiertos con otros laberintos brumosos, o con realidades no menos duras pero sí más templadas. Sólo bebiendo del oasis ya mencionado o cruzando dichos puentes se puede seguir hasta el final. La clave está en saber reconocerlos, atravesarlos y disfrutarlos como ratitos de tregua, como señalizaciones para no perderse ni enloquecer. Al final de cuentas, pasar por el desierto siempre habrá valido la pena. Tal vez en un día común aparezca algún puente en una canción, en un apretón de manos, en la página de un libro que quiso acompañarnos en el viaje, o en una carta cálida que logró saltarse las fronteras, tal vez basta con ver a alguien sonreir para hallar la conexión. Ahí está el puente, uno lo cruza y está otra vez consigo mismo. El reencuentro alegre durará tanto como sea posible albergar amor en el corazón.

Fortuna

Por años, disfrutar del error y de su enmienda, haber podido hablar, caminar libre, no existir mutilada, no entrar o sí en iglesias, leer...