sábado, 22 de mayo de 2010

Tú, mi complemento

El otro día me dieron aventón unas personas que me llevan como una década de vida. Tenían un disco con los éxitos de Jeans y les pregunté si les gustaban. Sonrieron con cara de “y ahí viene el comentario de la letrada” y me dijeron que eran canciones que les hacían recordar buenos tiempos, entonces les dije que efectivamente, a mí me pasaba lo mismo.

Mi cultura musical comenzó desde antes de nacer, supongo. Dice mi mamá que cuando era yo bebé, solía cantarme “Si no estuvieras tú” de José Luis Perales, y que me hacía llorar la música de entrada de un noticiero de la tele. Tengo recuerdos claros de mi abuelo cantándome “La Adelita”; mi abuelita también cantaba precioso, canciones de tríos que no sé distinguir ahora, y por supuesto, crecí con Cri-crí, Topo Gigio, los Pitufos, el disco de El chavo del 8 y todavía me tocaron canciones de El club de Gaby (con la memorable maestra Jimena) y algunas rolitas que ponían en Caritele. Me sé de memoria la entrada de Los caballeros del Zodiaco, Candy Candy y Sailor Moon. Iba en la primaria cuando salió “Rayando el sol” de Maná, las canciones de la trilogía de Thalía y otras más populacheras que emanaban de las casas cuando iba de regreso de la escuela. Ahh claro, los sábados en casa mi abue, veía la correspondiente película de Pedro Infante; gracias a esa sana costumbre me sé muchas rancheras y memoricé el enfrentamiento huapanguesco de Dos tipos de cuidado.

Durante la secundaria y la prepa consumí música light (lo único light que habré consumido por los siglos de los siglos). Y sí, en la secundaria técnica agropecuaria sembrábamos cilantro o limpiábamos frijol mientras cantábamos “Tú mi complemento, mi media naranja…”, “Estaré” de Kabah, “El chico del apartamento 512” de Selena, “El amor coloca” de Mónica Naranjo y “Enferma de amor” precisamente de las Jeans. Me acuerdo que en las tardeadas tocaban reggae o algo que se suponía lo era, y que todo el mundo se movía como chango con los ritmos de El general, Los ilegales, Proyecto Uno, Control machete y claro, claaaro, el himno de los de tercero: “Mis ojos lloran por ti” de… ¿quién? Un compañero la escribió toda en su libreta y regaló fotocopias a quienes quisieran. Yo todavía me la sé completita.

Durante la prepa tenía tiempo de sobra y una melomanía mal encaminada. Como además cocinaba yo el sueño de estudiar Ciencias de la comunicación para ser locutora de radio (de las buenas, como los Aristegui-Solórzano que escuchaba en las mañanas, háganme el favor) pues me pasaba el día frente al estéreo, grabando en mis cassettes las canciones del radio que más me gustaban. Varias veces se me olvidó que estaba en Play y así mis obras editadas tienen spots de las radiodifusoras de aquellos tiempos (¡a cada rato se cambian el nombre!). Pronto nos invadieron los CD`s y el primero que me compré fue uno de éxitos de Shakira (de quien yo era fan hasta que destruyó su originalidad con el peróxido, el inglés y poca ropa. Aun con esto, reconozco que entretiene, me cae medio bien, baila envidiablemente la desgraciada y produce, pero cada vez con menos calidad). Teníamos pocos discos en la casa, así que además del mío escuchábamos el de éxitos de José José, Raphael, The Beatles, los Bee Gees, Mecano, Eros Ramazzotti y Miguel Bosé. Actualmente ya no calculo cuánta música tenemos en compactos, pero si a mi mamá le ponen su disco de Alberto Cortés (bella voz de mis ensoñaciones adolescentes) ella lo escucha feliz y las dos cantamos. Uno de los discos familiares favoritos llegó igual en aquellos tiempos: se trata de una selección de rock en tu idioma que trae desde “Guitarras blancas” y “Viviendo de noche” hasta “No huyas de mí” (ahí descubrí quiénes eran Kenny y los eléctricos), todas las de los Hombres G y, oh sí, la mejor canción de rock en español que conozca: “De música ligera” (CeratinotevayasCeratinotevayaaaas).

Y claro que se me pasan muchas otras, demasiadas voces. Mi hermanita tenía dos años y bailaba con “La negra Tomasa” de Caifanes, y yo confieso que es de las pocas que les conozco. De Café Tacuba en la secun me aprendí “Las batallas” porque mi mamá la trabajaba en la clase de español para recrear a José Emilio Pacheco, pero no fui fan de ellos sino hasta que entré a la Facultad.

Sucede que en Letras, dijeran por ahí, me volví exquisita. Con el perdón, mis lectores, pocos se atrevían a admitir en aquel pasillo que habían escuchado a OV7, o que se sabían “No puedo estar sin ti” de Moenia. Mucho menos que les gustaba Luis Miguel (que qué bonito canta, caramba aunque sea tan nefasto, y cuando era chiquito ni hablar, un encanto) y apenas algunos nos atrevíamos a cantar las de Fernando Delgadillo, Milanés, Aute y Silvio (ésa es mi herencia de Humanidades-Xalapa ¿pueden creerlo? Yo sé que sí).

Prácticamente escuché todo tipo de rarezas en aquel tiempo, hasta decidir qué me gustaba, y confieso que conservo mucho de mis orígenes. Me gusta de todo, excepto las bachatas (las de Juan Luis Guerra sí, pero bueno, es Juan Luis Guerra, por mí pueden desaparecer de la tierra al Grupo Aventura) y tampoco soporto los covers en duranguense y la canción ésa del Mundo de Caramelo. Me declaro hasta cierto punto tolerante a la generalidad musical, gracias a la cultura de camión que adquirí cuando iba a la prepa (a las 6:30 am iba yo, que nunca tuve discman, en el Terranova escuchando a los Ángeles Azules, así que pocos fenómenos me sorprenden) y también gracias a los gustos clásicos de mi madre (fan forever de los Churumbeles de España, las Hermanitas Núñez y los grupos setenteros) y a las tendencias hippies de mi padre. De un par de años para acá me ha dado por escuchar todo el rock en inglés posible, y de preferencia inglés, que no gringo, y es curioso cómo ahora puedo valorar melodías que en otro tiempo tachaba de estridentes. Para viajar me gusta Drexler, para evadirme el pop y para bailar, casi toda la salsa o cumbia del pasado. Me ponen de buenas los Aterciopelados y Tiersen, lloro un poquito con Madredeus y me dan ganas de trabajar con Zucchero, Muse, The Strokes y Panteón Rococó. Lo que me pasa es que en cuanto a música no tengo remedio, porque me queda menos tiempo de vida para escuchar toda la que quisiera.

miércoles, 19 de mayo de 2010

¡ASH!

El problema de los trabajos es que hay muy poca gente y demasiado qué hacer. Quizá podría haber más gente dispuesta a hacerlo, y a formar con los demás un buen gran equipo, pero no hay con qué pagarles. Entonces, todo depende del dinero en primer plano. Pero también de la disposición que uno tenga para aguantar las cargas de trabajo. Digo aguantar porque cumplirlas ya es otra cosa. En este país, las instituciones tienen visión pero no método. Puede que las acciones que emprendan estén bien planeadas, justificadas y encaminadas, pero pareciera que nadie entiende que no se puede todo al mismo tiempo. Ya no discuto el mínimo tiempo libre al que se tiene derecho para bien dormir o bien comer, sino esa tozudez manifiesta por querer hacer todo rápido y completo. ¿Bien? Nah, que salga y ya. Al final (y todo el mundo se hace como que no lo sabe o no lo admite o no quiere ser pesimista pero ahí está) todos acaban reventando como globos y haciendo lo que quieren y pueden como quieren y pueden. Y nadie puede decirles nada porque “fue un trabajo difícil, con mucha presión” y no hubo quien lo supervisara. Y tan sencilla que era la cosa.

Así veo yo la manera en como hemos llegado a tanto resultado mediocre. Y las cosas se hacen ¿no? Entonces no importa, hay que sonreir, seguir adelante y pensar que otro día saldrán mejor. Total, algo teníamos que hacer, intentarlo. Por favor, por sentido común, por piedad, si se va a invertir recursos, fuerzas y cerebro en algo, hay que hacerlo bien, darle su propio tiempo y no querer abarcar metas impensables “a ver qué sale”. Es detestable eso, porque sucede en escuelas y trabajos y todos agotan la paciencia y el buen humos de los demás, las ganas de hacer lo que sea por avanzar, porque esas ganas se convierten en un pastelito del que todo mundo quiere parte y así no se puede. “Y al que no le guste que presente su renuncia”. Es ahí cuando a uno lo ponen deveras a considerar la posibilidad de mandar todo al carajo por falta de visión, de ellos o de uno.

Así que ahora tengo una revelación: “No pasa nada”. Si no muevo un dedo o hago las cosas como se me dé la gana todo seguirá igual y no necesito renunciar. Tengo claro que así le han hecho muchos y siguen ahí, tan campantes. En el fondo el “hubiera sido mejor así” se queda para la próxima. Así se ha de sentir al asumir un divorcio, cuando dicen “amor, no sé cómo hemos llegado a esto…”

Deje que la emoción de la música penetre, lo disonante, que le resbale.
http://www.youtube.com/watch?v=_gr0T2Hhano

lunes, 3 de mayo de 2010

¿Ah sí? No me digas...

A -------- ----------- y ------ ---------- -------- les gusta tele♥ msn♥ cama♥ celular♥ face♥ amigos♥ internet♥ = VIDA PERFECTA ! ♥ .

ESPERO que no lo digan en serio, ¿o sí, chamacos?

¿Soy o me parezco?

a) Sí
b) No
c) Ya ponte a trabajar
d) Ninguna de las anteriores
e) Todas las anteriores

¿Por qué? Recuerda, lector, que estamos en tiempos constructivistas ;)

Foto: Exposición de René Magritte en Bellas Artes, 25 de abril de 2010.

...

Días de suerte, si la suerte existe. Perdí un par de engargolados valiosos en el autobús hace dos semanas, por zonza distraída, y tuve que disimular mi preocupación al saber que entre ellos había dejado las calificaciones completas del grupo de alumnos más numeroso. Semana y media de tortura, en la que pasé de la desesperación a la resignación después de varias llamadas infructíferas (“nooo señorita, pos el operador no reportó nada, semehace que un pasajero fueee”) y tres preguntas ansiosas en ventanilla. Entonces un martes cualquiera muy temprano, cuando andaba con pila recargada después de un buen paseo, y ya expectante por el fin del cuatrimestre, me subo al camión en el momento justo en que el chofer le estaba preguntando a un muchacho si “los libros” eran suyos. Por la cara de los pasajeros que me miraban juzgo la cara que habré puesto yo. Sin duda se trata de un episodio memorablemente absurdo de mi vida.

De ahí se desató una de esas semanas en que uno come cosas ricas, escucha buena música, recibe buenas noticias. De esos días que se le desean a los que te caen bien (los que te caen gordos también los tienen). La única vez que extravié mi cartera también la encontré: un estudiante de Idiomas la llevó a la dirección de Letras esa mañana y por la tarde pude recuperarla, con dinero intacto y todo. A mi hermana le devolvieron la suya un mes después, cuando sin haber reportado el extravío, en un municipio cercano agarraron a la banda de carteristas y la poli se dedicó a regresar lo que llevaban. Lulú me dijo que, según su abuelita, cuando esas cosas ocurren significa que uno “está en ley con el universo”. Sin embargo, el señor universo sabe que le debo varios desdenes, apatías, negligencias, altanerías y quejas inútiles, tantos arranques que me irá cobrando poquito a poquito. Mientras por un lado unos dicen que la vida no es justa, otros aseveran que en ella todo se paga. Yo me inclino por la segunda premisa, y no por eso intentaré ser buena y pura ciudadana, pues la gente es como es y yo pertenezco al bando de los que cometen una y otra vez las mismas tonterías. Sencillamente me deja boquiabierta el hecho de que el momento preciso llegue cuando uno ya lo ha dejado ir entre los bocetos de lo imposible.

Y ahora me pregunto… ¿cuántas cosas que deseo (no precisamente materiales) vendrán a mí si dejo de pensarlas? ¿Y si las olvido a propósito, el juego del universo surte efecto?

Fortuna

Por años, disfrutar del error y de su enmienda, haber podido hablar, caminar libre, no existir mutilada, no entrar o sí en iglesias, leer...