martes, 23 de septiembre de 2008

Dudas, miedos y cadenas pavorosas


Leo las cadenas que me envían por internet siempre y cuando el título sea prometedor y no tenga más de tres faltas de ortografía. Si al abrir el mensaje veo que además del montón de reenvíos, tiene comentarios, vale, el mensaje ya tiene punto a favor. Y si al último resulta un vídeo que tarda en descargarse o una presentación de power point poco atractiva, me voy a otra cosa. Sin embargo, reenvío las que creo que valen la pena, por profundas, graciosas (y en este caso mi criterio no es muy válido porque soy bastante simple), constructivamente críticas u originales, de todo hay en el democrático internet, por fortuna.
El caso es que recientemente he recibido varias cadenas relacionados con la inseguridad que invade al país, sobre todo al Veracruz hermoso, cuyos vendedores de discos piratas, visitantes de antros y familias de economía desahogada ahora están sitiados. Cunde el miedo, que arrastra fuerte el eco de los decapitados de Mérida y el terrible atentado en Morelia. El miedo es lo opuesto de la fe, dice el poeta del Picacho (visítese Los perros esteparios, en Saludos a…) y Monsieur Hoil (misma sección, blog asimismo denominado) pregunta si en realidad sabemos a qué le tenemos miedo. Ciertamente, los rumores destruyen con lentitud la tranquilidad, la confianza, dominan poco a poco a la sociedad (basta recordar el trauma del provinciano que anda por primera vez en el DF ¡cuántas leyendas urbanas pasan por la cabeza!), pero ahora también nos enfrentamos a terrorismo absurdo, y no queremos salir a la calle ni en el mismo pueblo porque no sabemos a qué le tiramos o si nos van a tocar los tiros.
Nos queda confiar, me parece, y hacernos fuertes y que nos importe lo que le pasa al vecino, porque la indolencia resulta más violenta e infame ya que reduce nuestra condición de humanos, ¿o a poco de verdad estamos solos?
Y bueno, yo sólo entré para avisar que, en este estado de cosas, abstraída, confundida y ansiosa, ya no me quiero ir pero ni modo, ya dije que me voy y ora me voy. Además, ya compré baleros, trompos, papel picado, postales, dulces de café y sobre todo, el boleto. Los quiero a todos, hasta a los que no me quieren (jajaja ¿pos qué?), ya les di abrazo a los que pude, y mejor ya no sigo escribiendo porque voy a ponerme a llorar. Ahí está mi miedo, temo al proceso de enfrentar lo desconocido en un lugar lejano. Ya lo he vivido algunas veces pero de todas maneras, se siente gacho. Luego uno se acostumbra y resulta que ya es hora de regresarse, mmmta. Pero me lleva de la mano el más confiable, no se preocupen, dice que me vaya y que será para bien. Alors… por aquí nos vemos.