domingo, 31 de agosto de 2008

Desde la cocina

Hace más o menos cinco años, Alessa me prestó una novelita que me dejó una profunda impresión de desconcierto, una necesidad de lucha contra cualquier sintoma de soledad, una fascinación por la lejanía. Entonces hace casi un mes, vagaba por una librería del DF buscando material para la enseñanza de español, voltée a ver un estante cualquiera y ahí estaba, ese libro me encontró. Les dejo un pedacito, me dicen qué opinan.
Las personas creen que hay muchos caminos y que pueden elegir el suyo libremente. Quizá fuese más acertado decir que sueñan con el momento de elegirlo. Yo también pensaba así. Pero en aquel instante pude comprenderlo. Lo supe y tomó forma de palabras: "El camino está siempre marcado, pero no en un sentido fatalista. Cada instante, con la respiración, con la mirada, y con los días que se repiten uno tras otro, se va decidiendo espontáneamente".
Banana Yoshimoto, Kitchen.

miércoles, 20 de agosto de 2008

Readaptación temporal

La perra de mi vecina (aclaro la clásica ambigüedad: la perra es una doberman que la mamá que mi vecina ha tenido como mascota durante aproximadamente 10 años), ésa que se relame los dientes cuando ve a mi primito de dos años correr por el patio, ésa se asoma por la azotea y aúlla a medias, con ronquera, rompiendo la armonía de la noche lluviosa.
Siempre amé las noches lluviosas, al grado de dejar cualquier cosa que estuviera haciendo y aprovechar el ruido de fondo para leer o aún mejor, dormir envuelta en algo aunque no tuviera frío. Pero hoy me quedo escribiendo, recontando pendientes inventados, innecesarios, para postergar los verdaderos compromisos que acompañan a mi próximo reto.
Se trata entonces de la primera prueba de que mi apreciación de la realidad ha evolucionado: siento la casa paterna un poco más pequeña, pero también más práctica y totalmente cómoda. En el barrio murieron tres vecinos por enfermedades invernales, creo, y aunque eran de edad avanzada y poco los traté, ya me encontré un par de veces mencionándolos como si todavía vivieran (entre ellos la mamá de mi vecina, por eso ahora la doberman está confinada en la azotea). Abrieron un bar a media cuadra y su música transita a lo largo de la calle todo el día; los manteles individuales y el tapete de "Bienvenidos" ya son otros; la grabadora de la cocina ya no lee cualquier CD.
Se supone que estoy viviendo una cuenta regresiva, pero la emoción todavía no surte efecto. Quizá después de todo, no es tan común la sensación de no saber por qué se hacen las cosas, hacia dónde uno cree que va. Como ante el olor de la menta se desata un vientecito en la cabeza, me quedo liberada y estática, mientras dejo que amaine la lluvia y el revoloteo de los pájaros internos. Estoy en casa.