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Mostrando entradas de marzo, 2008
Renunciar a la creación es aceptar no sólo todos los poderes que tratan de determinar nuestra existencia e imponernos una manera de ser, es también renunciar al papel que como especie parece habernos asignado la vida. Porque es la naturaleza la que habla consigo misma a través del hombre. Es la vida la que se expresa en la creación. Mantenerla, acrecentarla, es nuestra tarea y nuestra recompensa.

No quisiera ser injusta, pero en verdad no recuerdo quién es el autor de esta frase.

Caminar en Mérida

Aquí el aire es consuelo, corre fuertemente, llega al encuentro y abraza, es tibio todavía porque apenas se despide el invierno. Uno camina por las calles evocando el plano cartesiano y a la vez, el juego de pares y nones, que con el paso de los días se hace más fácil. Amplias calles, donde se podría andar descalzo en medio, correr si fuera necesario, y parecería que el sol no te alcanza nunca. Pero no es cierto. El sol tiene en la península la casa a la que siempre regresa, vacaciona, sí, pero siempre regresa, incandescente, y se pone a pulir en los mediodías de ocio las piedras de las albarradas, las vuelve más blancas, les da la cualidad de taladrar la vista.
Las casas siguen obedientemente un mismo estilo: por dentro son frescas, con muros gruesos y altos, y pisos adornados con mosaicos pequeños de colores mate, de formas variadas y material añejo. Por fuera uno no comprende cómo es posible que las construcciones no tengan alero, que se enfrenten a la aridez de polvo, viento y luz…

En el Salón Constituyentes

Había niños en la reunión, hablaron de defenderlos. No tenían idea, les dieron hamburguesas y refresco, se divertían. Estuvieron en un recinto histórico criticado por su pésima arquitectura, pero la iluminación estuvo excelente. Hoy se definió, con el desvelo de unos cuantos, el rumbo de sus derechos, al menos en el papel. ¿Y si en vez de planear tanto, voláramos más alto?