sábado, 16 de febrero de 2008

Para la matriarca

Ahora que no estás / los árboles del parque / juraron no crecer / hasta que vuelvas.

Alex Ubago

Si sobrevives

Si sobrevives, si persistes,
canta, sueña, emborráchate.
Es el tiempo del frio: ama, apresúrate.
El viento de las horas barre las calles, los caminos.
Los árboles esperan: tú no esperes.
Este es el tiempo de vivir, el único.

Jaime Sabines

El Preciosaurio


Exigente, abres un ojo y ya frunces el ceño. No estás molesto, sólo identificas.
Transcurres los días, seguro de lo que mereces.
No miras. Inquieres, intimidas, demandas, digno protegido de tu astro.
Tu oído es magnífico, promesa, serás lo que quieras si la música te lo permite.
Y para colmo, manifiestas gustos exquisitos, vaya forma de comer.
Serás lo que quieras, el fuego es tuyo.
Y apenas tienes un año.

Le dicen Preciosaurio porque sus padres lo anhelaban desde hace tanto tiempo…

Lección


Si lo supiera lo diría.
Cae por su propio peso.
Sólo sé que la belleza
no lo sé, pero se siente...
Adolfo Castañón

Algo sobre Estados Unidos


Una vez en clase oí comentar que en Sudamérica, los niños suelen jugar a “los mexicanos”. El juego consiste en colocarse sobre la cabeza objetos grandes a manera de sombreros y, frente a frente con un compañero, contar hasta tres a ver quién saca primero una pistola imaginaria del bolsillo. El que pierde tiene que caer al suelo polvoso simulando un herido de muerte mientras el ganador festeja la victoria. Combinación de nuestro cine de la época de oro con las películas del Viejo Oeste, lo cierto es que la personalidad del mexicano -astuto, marrullero, tranza, traidor y macho, según dicen -, resulta atrayente en otros lugares a pesar de su vigencia casi nula. En efecto, el rechazable cobijo del estereotipo rara vez permite conocer con claridad la actitud e intereses de un individuo, mucho menos de una nación. Sin embargo, si no existiera una idea aunque fuese errónea acerca de los grupos humanos, tampoco serían posibles los viajes ni el comercio, no habría habido conquistas ni guerras porque la necesidad primaria de contacto humano sólo se amedrenta ante lo desconocido.
Supe de la existencia de Estados Unidos gracias a las series dobladas al español que proyecta la televisión abierta. También porque solía leer Selecciones del Readers Digest, por las películas hollywoodenses, las canciones en inglés, los novedosos aparatos electrodomésticos, los infomerciales y porque no es fácil ignorar a quienes aseguran vivir en la tierra de la libertad y de los sueños tangibles. No pretendo realizar una defensa ni lanzar una diatriba sobre los lugares comunes, es más, asumo la tibieza de la relatividad. Hablar de Estados Unidos equivale a enfrentarse a generalidades tan bifurcadas, tan llenas de seres fascinantes o ramplones que la única salida es resumir a la sociedad norteamericana como un mosaico cultural, el cual se ha encargado de construir su propia personalidad escudándose en la Doctrina Monroe, la comida rápida y los eventos a lo grande. Sociedad peligrosa, dice Baudrillard, porque por todo compite y se inventa lo que no tiene, Disneylandia es la prueba; sociedad descerebrada, está gritando el mundo, por permitir una guerra atroz y aún votar nuevamente por Bush; sociedad que ha aprendido a observarse en foto panorámica, creo yo, tanto como para darse el lujo de la autocrítica comercial de los Simpson o abrir puertas relativamente falsas a inmigrantes.
Así pues, aunque nunca haya estado allá, entiendo la idea de Ibarguengoitia (léase Instrucciones para vivir en México) cuando expresa que el factor determinante de la vida en Estados Unidos es la valentía personal. No se puede culpar a una sociedad por ganar cientos de medallas en los Juegos Olímpicos como tampoco ha de agradecérsele haber sido cuna de genios como Hawthorne y Emily Dickinson, ojalá fuera posible. Viéndolo bien, cualquiera que intente estudiar esta especie de cultura se halla en el cruce de las divisiones entre costa este y costa oeste, entre norte y sur. Cualquiera como yo, a decir de Ibarguengoitia, se convierte en un budista calvo parado a mitad del río Bravo.
Diciembre de 2004, antes de ir a Georgia

Sad but true

I just want to feel real love
fill the home that I live in
´Cause I got too much life
running through my veins
going to waste

Robbie Williams
Un poema no quiere decir, es.
(A poem should not mean but be)

Archibald MacLeish

Definición

El teterete es un animal / que cuando va caminando / solito se bambolea / parece que va bailando.
D.A.R.
¿Alguien lo ha visto? ¿De veras es así?

viernes, 15 de febrero de 2008

Escuchando la radio

La lengua te sabe a café, es quizá de madrugada pero tus hábitos de lectura se han modificado tanto que no te atreves a calcular las horas biológicamente adecuadas para el sueño. Los ojos queman, es hora de un descanso. Te levantas con toda la disposición de escuchar algún disco, mas, al encender el estéreo, la radio te sorprende:

Nunca te he visto más alto
ni más guapo, ni mejor.
Te han sentado bien los años y me alegra oir tu voz.
En el fondo de tus ojos, donde guardas tus caminos,
lo que llena y lo que duele, lo que nadie más ha visto,
es ahí donde me quedo y en tu nueva paz respiro,
y me crece verte fuerte porque todos somos niños.



Todo a su tiempo, reza el Eclesiastés, pero nadie contempla que el tiempo se va como el agua de un río. Y la oleada de recuerdos termina de despertarte.

Eres un superviviente de los días y los gritos,
de la soledad hiriente que taladra los sentidos.
Has limpiado trapos viejos, cambiado todo de sitio.
Y me alegra que te acerques con la fuerza de haber sido
y de ser superviviente de todo lo que has tenido.


¿Qué es mejor? ¿Entonar un canto de nostalgia o escribir un poema a las cosas que pudieron haber sido?

No hace falta más detalles, pero serán bienvenidos:
ya no cumples cada norma si no encuentras su sentido.
Sigues buscando las flores, hoy las cuidas con más mimo
porque sabes que no crecen a la luz de cualquier sitio


Da gracias siempre por lo que creas y nunca olvides, el cíclico universo a veces te reencuentra con los caminos que no recorrerás dos veces.

Nunca te he visto más alta
ni más guapa, ni mejor.
Te han sentado bien los años y me alegra oir tu voz.
En el fondo de tus ojos, donde guardas tus caminos,
lo que llena y lo que duele, lo que nadie más ha visto,
es ahí donde me quedo y en tu nueva paz respiro,
y me crece verte fuerte porque todos somos niños.


Apagas la luz. Por fin, te vas y duermes el sueño de la vida.


También del 2005, también para los letrados.

Soliloquio


Danos una actividad serena que abarque,
con una división unitaria,
la totalidad.
P.I.L.


Nadie me cree que haya vivido tanto. Cuando era chiquita tuve la manía de dibujar reinas. Generalmente las pintaba imponentes, que abarcaran toda la página del cuaderno de costura de mi madre con sus vestidos coloridos y sus diminutas cabezas coronadas. Después, en lo que quizá fue la proyección de mi primer concepto de estrato social, comencé a dibujar reinas con acompañantes: sirvientas, enanos o príncipes desgarbados quienes apenas alcanzaban la mitad del tamaño de las faldas de mis gobernantas. Luego entré en el kínder y mi escaso talento para pulsar el lápiz se esfumó; la maestra lo hacía todo, yo sólo tenía que pegarle el algodón en el lomo al borrego de papel o debía colorear las flores convencionalmente.
Así pues, de pintora real frustrada pasé a ser cómplice de los héroes de la patria y luego me lancé mochila al hombro sobre una alfombra voladora por el mundo. En efecto, solía pensar que era buena estratega y que en un futuro no muy lejano la nación requeriría de mis servicios. Repasaba con ahínco las crónicas de la Decena trágica, de la Noche triste, del arribo de Colón a San Salvador y de la madrugada en que los conspiradores independentistas fueron descubiertos. Sin embargo mi ensoñación con la historia perdió verosimilitud (¿?) cierta mañana, cuando mi compañera de banca, cuyas hermanas eran telenoveleras incorregibles, me planteó su hipótesis de que doña Josefa tuvo que haber andado con Allende o hasta con don Miguel Hidalgo, si no... ¿cómo podía ser posible que una mujer se colara entre los cerebros libertadores, en su mayoría militares? A raíz de eso partí para Bagdad. Llegué a Basora justo cuando Simbad estaba a punto de partir y casi logro una entrevista con Ali Baba. Sin embargo, me enamoré perdidamente del príncipe Hussein, ése que no ganó la mano de su prima en la competencia de flechas pero, al ir a verificar dónde había caído su propia flecha, se internó en una cueva habitada por un hada más inteligente y guapa que la famosa prima. Total, como yo no podía rivalizar con el hada ni con Sherezada, me lancé en pos del Oriente. Allí me alojé en un país que estaba de luto porque su princesa se había fundido con los cuatro elementos para convertirse en una campana vibrante, igual que el alma humana. Ya que nunca me acostumbré a comer flores de cerezo cristalizadas, retorné a Europa, donde podía comer toda la fruta encantada que quisiera del jardín de la Gata blanca y hasta probé algunos rábanos, cortesía de la mamá de Rapunzel.
Apenas hice pie en un lugar fijo y me vi sumida en un terrible sueño que duró algunos años. De éste recuerdo algunas imágenes del plano inclinado, las ecuaciones de segundo grado y la portada de un libro de civismo. Por fortuna desperté a tiempo para ir de expedición a la antigua Grecia: nunca olvido el intenso azul del mar visto desde la Acrópolis. Posteriormente me dediqué a visitar personajes casa por casa. Conocía a Juana de Arco, al Tintoretto, a Ana Pavlova, a Juan XXIII y a los hermanos Strauss. Lo único que yo podía ofrecerles a cambio de sus testimonios de vida era el relato de cómo mi pueblo se convirtió en ciudad heroica durante la lucha contra los realistas. Se los narré con gusto, con ganas de que supieran que los paisajes de montaña tienen tanto encanto como las playas del Caribe, los acantilados de las islas Hébridas o el desierto africano.
Y yo a la universidad me la imaginaba erudita, cubierta de ventanales que llegaran hasta el techo, habilitada con pasillos húmedos y una biblioteca diseñada para perderse en ella, como la de la abadía italiana de Eco. Me hice a la idea de las clases impartidas por ancianos instalados en cátedras de madera, dispuesta yo a vivir momentos de iluminación junto con mis graves compañeros. Pero mis camaradas resultaron ser aprendices de magos. Beben siempre pócimas oscuras y humeantes por la mañana, escrutan la materia viva durante el día y descifran manuscritos antiguos por la noche. No sé que obtendremos ellos o yo de todo esto, pero espero con fe que nunca perdamos la capacidad de asombro. Lo digo porque a veces pienso, yo, que sentí la dulzura del frío sobre mi piel en una tierra lejana, quo no pude evitar que golpearan a Alonso Quijano, que me aprendí de memoria el Eclesiastés, que me la he pasado viajando sin rumbo y no sé si viviré mañana, yo no entiendo... ¿cómo alguien puede afirmar que el mundo es maravilloso?


Junio de 2005, para mi generación de letrados.

miércoles, 13 de febrero de 2008

Para todos

No sé cómo decirte, amigo
lo mucho que te quiero y lo que yo te necesito.
Te quiero porque te veo alegre
y porque con amor escuchas mis palabras
y soportas mis largas confidencias.
Te quiero porque te acercas con respeto,
aceptas mis silencios y mis gritos,
me animas cuando caigo y me impulsas en mis sueños.
No te escandalizas de mi pecado
ni me condenas por mi limitación.
Te necesito, hermano,
para recibir tus consejos, para entregarte todo lo que tengo
para compartir mi fe,
para decirte lo que siento
y para cantar junto a ti.
Gracias, amigo mío, por la transparencia de tu corazón,
y porque a través de ti puedo ver
amplia, serena, alegre y nítida
una gran sonrisa del mismo Dios.