martes, 5 de marzo de 2019

Yo no aprendí consuelo

Yo no aprendí consuelo, sólo aprendí verdad.

La soledad me afiló las caderas y los hombros.
Salí hablando a la banqueta dando empellones al prójimo,
al desconocido y al amado.
Me justifico ahora pero antes lo viví sin darme cuenta.

Tengo remordimiento y paz. ¿Cómo podría
saber qué sentimientos debo regar y en qué días?

Yo no aprendí consuelo, sólo aprendí verdad.

lunes, 18 de febrero de 2019

jueves, 7 de febrero de 2019

En voz alta

Por aquí dejo un trabajito del año pasado, hecho para el taller Vox Poética.

"Los perros tienen alma, 
un alma mojadita, como un trino."



miércoles, 23 de enero de 2019

Miguelito

Hoy se cumplen dos semanas de la partida del tío Miguel. Se fue rápido el hijo de enmedio, el a veces perdido y a veces encontrado. Las lesiones cerebrales, como se sabe, son los instrumentos más eficaces que los ángeles implacables de Dios no dudan en utilizar cuando la partida ya estaba escrita.

Su velorio es quizá el más entretenido en el que haya estado. Hubo dolor, pero no sufrimiento. Sus amigos, todos -y eran muchos- pasaron ante el ataúd a contarnos cualquier cantidad de anécdotas sobre lo buenísima onda que era, con qué entusiasmo y alegría cantaba, el mismo entusiasmo con el que acudía a rescatarlos de algún entuerto, la misma alegría con la que les hacía favores. 

Cada testimonio fue toda una sorpresa para su familia, pero para mí lo fue ver con qué congruencia y fervor esos hombres se conmovían ante quien los ayudó a lidiar con sus temores y tristezas. Todos habían bebido, todos esperaron hasta bien entada la madrugada. Uno de ellos dijo, con un gesto de pudor y sencillez que no se me olvida: "Disculpen ustedes, es que a veces los hombres necesitamos algunas copas para poder despedirnos de un buen amigo, o para decirle que lo queremos". Cuánto machismo aprendido en esa frase, cuánta vulnerabilidad oculta a fuerza de imposiciones, cuántos sentimientos que los hombres tuvieron que aprender a reprimir, cuánta resignación ante el destino que les han marcado. ¿Quién podrá decirle a un hombre: "Llora sin pena, no necesitas ni una copa más, te basta con llorar para reconocerte humano y ninguna lágrima te hará débil"?

Luego, más allá de la experiencia, está mi memoria. Apenas me acordé que hace varios años escribí un cuento cuyo personaje principal era él, de niño. Es que en serio, sus aventuras daban para mucho, pero ésta en particular me la contó mi abuelita y según ella, todo fue absolutamente cierto. Yo me conformé con contarla y ahora, con traerla al presente. Miguel, en cierto modo, nunca dejó de ser ese niño pequeño, perdido en la inmensidad de un mundo que no se atrevió a comprenderlo. Paso al cuento.

La  escapada


No vuelvo a ir al Tlapalar. Se lo prometí a mi santa madre hace mucho tiempo y no vuelvo a ir ni a fuerza. Tú sabes que no soy rajado, me conoces. ¿Te acuerdas cuando fuimos a un baile allá por Tomatlán? Eran las tres de la mañana cuando nos vinimos caminando por toda la orilla de la carretera  solamente porque yo me animé. Nada más para que nadie nos contara lo que se siente, y eso que de aquí a allá son trece kilómetros. Te consta que no soy cobarde, ¿sabes por qué? Porque las malas horas no se dan siempre en la noche, en pleno día también hay peligro, también espantan.
            A mí no me gusta asustar a los chiquillos con cuentos de aparecidos, compadre. Mi padre, te acordarás de él, me enseñó a ser valiente a toda costa. -¡No tengas miedo, me decía, Diosito nos acompaña en todas partes, cobarde no sirve uno ni pa´ ver quién viene! Sabiendo cómo era yo de descocado, mi mamá siempre me decía que me encomendara yo a la Sombra de San Pedro para que me protegiera, como cuando don Joselito Mejía tenía unas enemistades que andaban queriendo matarlo, pero él le rezaba a la Santa Sombra y ya podía pasar cerquita de ellos que ni siquiera lo veían. Me contaba esa anécdota a cada rato, cuando me veía en los ojos la intención de irme de pinta o escaparme a jugar futbol. Pero en una de ésas escarmenté y no precisamente porque me dieran mis tundas.
            Tenía mucha razón mi padre, Dios no nos deja desamparados. Cuando él cayó enfermo yo tenía ocho años, Andrés, trece; Pilar tenía once y acababa de nacer Luis. Las otras tres chiquillas tenían un poco más o un poco meno mi edad, así que mi mamá  se tuvo que ir a México con mi papá,  que estaba grave, y además con el recién nacido. Nosotros nos quedamos aquí solitos un mes; sólo la vecina nos vigilaba a ratos, mientras Pilar preparaba la comida como Dios le daba a entender. Después nos íbamos a la escuela, los mayores en la tarde y nosotros en la mañana. Y tempranito era que yo me hacía ojo de hormiga para no entrar a la escuela y me iba directo al río. Me gustaba cazar palomas, molestar a las lavanderas y sentarme en una piedra grande a mirar la corriente pasar y pasar. Se me figuraba que yo era así, que iba sin rumbo fijo pero siempre alegre, como decía el maestro Genaro: ¡Ay Miguel, eres una bala perdida!
            Pero ahora sí te voy a contar bien lo que me pasó, compadre. En una de esas escapadas me fui como siempre al río. Todavía me acuerdo que eran como las nueve de la mañana; llevaba a cuestas mi mochila, ligerita porque no me gustaba cargar cosas. Seguí por el camino viejo, ése que pasa en medio de la arboleda y lleva a la parte más ancha del río, donde ya no hay gente. Iba bien enojado. El día anterior me había peleado con mis hermanas y Andrés me regañó. No es por nada pero a mí como que me descuidaron, no sé si por ser el de en medio o porque de por sí somos muchos. Así que de puro coraje me escapé al río, además de que ese día no llevaba la tarea. Caminé y caminé pateando una piedrita, agachado, pensando, hasta que sentí que el camino se hacía largo. Entonces me fijé que andaba entre los álamos de la arboleda pero no sabía muy bien dónde. Ya me había salido del camino quién sabe cuánto.
Se me ocurrió que si seguía el ruido del río podía llegar hasta él y de ahí orientarme. Me quedé parado tratando de escuchar, mas el silencio era el de siempre, el silencio del campo lleno de ruido de insectos. Corría un vientecito suave, fresco, pero el cielo se empezó a nublar. De pronto escuché un crujido de ramas en lo alto y alcé la cara. Vi, trepado en la copa de un álamo, al ser más horrible que se pueda uno imaginar. Contado así da risa, compadre, pero si lo hubieras visto ahí mismo te mueres. Era un hombre con la piel roja medio tostada, como si durante mucho tiempo le hubiera caído ceniza encima hasta resecarle las entrañas. No me fijé como era el cuerpo pero del rostro me acuerdo bien. Tenía facciones grotescas, como un enano, pero sus ojos parecían reírse y despedir lumbre, una lumbre ácida que cala en lo más hondo. Se me enchinó la piel y no pude moverme, era yo un chamaco. Oía los latidos de mi corazón dentro de mi cabeza, fuerte, fuerte y muy  rápido. El pecho me dolía como si los huesos se apretaran entre ellos hasta quitarme todo el aire. De eso me acuerdo, ¡ah, y de sus manos! Tenía las uñas como garras negras, igualitas a unas que vienen dibujadas en un libro de catecismo, donde dicen que son las manos del que no es bueno y siempre intentan llevarnos al abismo.
            Grité con todas mis fuerzas lleno de espanto, casi sabiendo que nadie me iba a escuchar. Me pasaron por la mente muchas cosas: mis hermanos, mi papá, el futbol y la piedra grande del río. Me dieron ganas hasta de estar en la escuela. El Diablo movía sus manazas llamándome; se reía a carcajadas mientras se le arrugaba toda la cara. Una multitud de monos escandalosos se encaramaba en los otros árboles y me cercaron todos dando alaridos salvajes. Y usted sabe, compadre, que en esta zona de frío no hay monos. Me sentí perdido, con un vacío en el estómago y dos piedras amarradas a los pies. En eso me agarré el cuello y sentí entre mis manos la medalla de mi bautizo. Y me acordé: ¡Dios siempre lo acompaña a uno! Y salí corriendo como un loco, como pude, a tropezones, llorando sin aire y doliéndome hasta el alma. Encontré pronto el camino pero ya no podía; rompí en un llanto que casi me ahogaba y llegué a la casa sudando frío.
            Tiempo después me contó mi hermano que así me pasé quince días; temblando de fiebre, sin comer ni hablar ni nada. Mi madre llegó tres días después de la escapada y yo no había salido de mi cuarto. Dice Andrés que yo no quitaba la vista del techo y nada más de momento empezaba a llorar quedito hasta quedarme dormido. Una lavandera le llevó a mi mamá la mochila que encontró a medio camino. -¿Es usted la mamá de Miguelito?, le dijo. -Chiquillo travieso, bien que lo conocemos. Cuídelo mucho, por allá es peligroso no sea que lo vayan a espantar. Y fíjese compadre, de eso yo no me acuerdo.
            Me llevaron a curar de espanto con una señora viejita que vive rumbo al panteón. Hasta de cabeza me puso, me limpió con un huevo y me roció agua con unas hierbas mientras rezaba unas oraciones que yo no entendía porque ni para escuchar tenía fuerzas. Sólo me acuerdo que dijo: -Cuando despierte, lo que quiera. Me hicieron taco en una cobija gruesa y me llevaron de vuelta a la casa. Estaba como ido, compadre. De pronto soñé muy raro. Una mano roja con garras negras movía los dedos como si me estuviera llamando y otra vez me vino la angustia, pero ya no podía correr. Entonces otra mano, más grande y llena de luz, aprisionaba a la mano roja como ganándole una vencida. Y a mí me daba de nuevo escalofrío, pero ya no tenía miedo. Abrí los ojos y vi mi cuarto a oscuras. Sentía mucho calor y mucha hambre. –Mamaaaá, grité. -¿Cómo estás mi´jo?, vino ella al instante. Yo no tenía conciencia de ya que había regresado, quería decirle muchas cosas, pero todavía no me venían las fuerzas. Ella me preguntó ¿Quieres comer algo Miguel? Y como pude le contesté: -Sí  má, quiero unos Cornflakes y un Sidral.
            Desde esa vez ya no vuelvo al río Tlapalar, compadre. Le conté todo a mi mamá y me hizo prometer que nunca más me escaparía y ya no lo hice,. Bueno, no al río. Cuando trajeron a mi papá ya restablecido, bendijeron la casa, mis cosas y todo. No he vuelto a soñar nada pero tampoco voy al río. Te agradezco la invitación, compadre, pero no. ¿Para qué tentar a Dios en paciencia?

                                                               Xalapa, Ver., septiembre de 2002

sábado, 5 de enero de 2019

Antes estuvimos más vivos

Tócame la mejilla por si encuentras
una humedad antigua y olvidada.
Es del tiempo en que quise ser caballo
para no ser fantasma.

Tócame la mejilla. Vamos, anda...

Juan Gelman

Hacer cuentas, aquilatar edades, ver fotos viejas, dar gracias por el año que se fue, cada acción de éstas parece un ejercicio de reconciliación para olvidar, como si un globo de Cantoya pudiera llevarse lentamente con su humilde lucecita en el cielo de plenilunio, todo lo imaginado que no llegó a ser.

Mientras escribo esto, un ser querido agoniza a causa de un derrame cerebral, una amiga llora por el amor que se fue, buenas personas luchan en paro por una renovación del contrato que nunca les garantizó una vida mejor, un padre descubre cuánto respeto le ha quedado a deber a sus hijos, un hombre que conozco intenta dejar todo atrás. Caballos o fantasmas, sólo poseemos el presente..

domingo, 21 de octubre de 2018

Por aquí pasó la caravana migrante

Casa
de Warsan Shire

nadie se va de casa salvo
que la casa sea la boca de un tiburón
solo corres hacia la frontera
cuando ves a toda la ciudad corriendo también
aliento ensangrentado en sus gargantas
el niño con el que fuiste a la escuela
que te besó aturdido detrás de la vieja fábrica de hojalata
lleva una pistola más grande que su cuerpo
solo te vas de casa
cuando la casa no te deja quedarte.
fuego bajo los pies
sangre caliente en tu vientre
es algo que nunca pensaste que harías
hasta que la cuchilla quemó amenazas en
tu cuello
e incluso entonces llevaste el himno
entre dientes
solo rompiste el pasaporte en el baño de un aeropuerto
sollozando mientras cada bocado de papel
dejaba claro que no ibas a volver.
que nadie mete a sus hijos en un barco
salvo que el agua sea más segura que la tierra
nadie se quema las manos
bajo trenes
debajo de vagones
nadie pasa días y noches en el estómago de un camión
alimentándose de periódicos salvo que las millas recorridas
signifiquen algo más que viaje.
nadie se arrastra debajo de vallas
nadie quiere que le peguen
que sientan lástima de él
o registros sin ropa donde te dejan
el cuerpo dolorido
o la prisión,
porque la prisión es más segura
que una ciudad de fuego
y un guardia de la prisión
en la noche
es mejor que un camión lleno
de hombres que se parecen a tu padre
nadie podría soportarlo
nadie podría aguantarlo
ninguna piel sería lo bastante dura
volveos a casa negros
refugiados
sucios inmigrantes
solicitantes de asilo
exprimiendo nuestro país
negratas con las manos tendidas
huelen raro
salvaje
destrozaron su país y ahora quieren
destrozar el nuestro
cómo es que las palabras
las miradas sucias
caen rodando de vuestras espaldas
quizá porque el golpe es más blando
que un miembro arrancado
que catorce hombres entre
tus piernas
o los insultos son más fáciles
de tragar
que escombros
que huesos
que tu cuerpo infantil
en pedazos.
quiero ir a casa,
pero la casa es la boca de un tiburón
la casa es el cañón de la pistola
y nadie se iría de casa
salvo que la casa te persiga hasta la costa
salvo que la casa te diga
que muevas más deprisa las piernas
deja la ropa atrás
arrástrate por el desierto
vadea los océanos
ahógate
sálvate
sé hambre
mendiga
olvida el orgullo
tu supervivencia es más importante
que dice:
vete,
huye de mí ahora
no sé en qué me he convertido
pero sé que cualquier lugar
es más seguro que aquí.
tus vecinos corriendo más rápido que tú
nadie se va de casa salvo que la casa te persiga
tienes que entender,
nadie elige campos de refugiados
o las palabras son más tiernas
nadie se va de casa hasta que la casa es una voz sudorosa en el oído

Traducción de Berna Wang

Home
by Warsan Shire
no one leaves home unless
home is the mouth of a shark
you only run for the border
when you see the whole city running as well

your neighbors running faster than you
breath bloody in their throats
the boy you went to school with
who kissed you dizzy behind the old tin factory
is holding a gun bigger than his body
you only leave home
when home won’t let you stay.
no one leaves home unless home chases you
fire under feet
hot blood in your belly
it’s not something you ever thought of doing
until the blade burnt threats into
your neck
and even then you carried the anthem under
your breath
only tearing up your passport in an airport toilets
sobbing as each mouthful of paper
made it clear that you wouldn’t be going back.
you have to understand,
that no one puts their children in a boat
unless the water is safer than the land
no one burns their palms
under trains
beneath carriages
no one spends days and nights in the stomach of a truck
feeding on newspaper unless the miles travelled
means something more than journey.
no one crawls under fences
no one wants to be beaten
pitied.
no one chooses refugee camps
or strip searches where your
body is left aching
or prison,
because prison is safer
than a city of fire
and one prison guard
in the night
is better than a truckload
of men who look like your father
no one could take it
no one could stomach it
no one skin would be tough enough
the
go home blacks
refugees
dirty immigrants
asylum seekers
sucking our country dry
niggers with their hands out
they smell strange
savage
messed up their country and now they want
to mess ours up
how do the words
the dirty looks
roll off your backs
maybe because the blow is softer
than a limb torn off
or the words are more tender
than fourteen men between
your legs
or the insults are easier
to swallow
than rubble
than bone
than your child body
in pieces.
i want to go home,
but home is the mouth of a shark
home is the barrel of the gun
and no one would leave home
unless home chased you to the shore
unless home told you
to quicken your legs
leave your clothes behind
crawl through the desert
wade through the oceans
drown
save
be hunger
beg
forget pride
your survival is more important
no one leaves home until home is a sweaty voice in your ear
saying-
leave,
run away from me now
i dont know what i’ve become
but i know that anywhere
is safer than here



miércoles, 5 de septiembre de 2018

Sociópata

Tenías la inteligencia, el encanto, la mirada que se necesita,
el desamor, el deseo, la culpa ausente.
Años después, en el espejo de la adolescencia
(de otra adolescencia que ahora para mí tiene sentido)
te descubro tal como fuiste.

No soy una víctima
pero tu abuso
será la única huella.

La peor condena es no poder sentir amor
y no es la mía.

¿Humildad?

No comprendo por qué las personas confunden conceptos esenciales para la convivencia humana con tanta frecuencia. Confunden honestidad con honradez, sinceridad con crueldad, modestia con falsedad, humildad con baja autoestima. Humilde no es quien menos tiene, no es quien se calla siempre por aguantar, no significa ser débil, ni fingir ser débil, ni mucho menos llorar por tooodo o tirarse al piso haciéndose menos para que los demás la levanten (tan convenientemente). Humilde es quien conoce tanto sus posibilidades como sus limitaciones y hace con ello lo mejor que puede. Lo mejor, no mediocridades. Quizá yo no soy humilde porque si intentan ofenderme me defiendo o les ignoro, si soy testigo de algo incorrecto o injusto no me callo y sí, puede que sea muy soberbia porque lo que los demás piensen de mí me importa dos hectáreas de... vaya, el punto es que quien vive a la sombra de valores confundidos es capaz de intoxicar el agua que otros beben y el aire que otros respiran o bien, resultar intoxicado(a). Nuestros juicios son parciales porque de la realidad sabemos muy poco. Para conocerla, para "despertar" hace falta mucho esfuerzo, voluntad, evolución espiritual, tiempo y humildad (de la de a deveras). Si pensamos con base en lo que otros dijeron y peor aún, actuamos a causa de ello, no llegaremos muy lejos. Se nos irá la vida en insignificantes malentendidos laborales, excesos de sensibilidad, enemistades, chismes, haciendo gala de nuestra cortedad, perdiendo la oportunidad de demostrar cuánta luz tenemos dentro.

sábado, 21 de abril de 2018

Fortuna

Por años, disfrutar del error
y de su enmienda,
haber podido hablar, caminar libre,
no existir mutilada,
no entrar o sí en iglesias,
leer, oír la música querida,
ser en la noche un ser como en el día.
No ser casada en un negocio,
medida en cabras,
sufrir gobierno de parientes
o legal lapidación.
No desfilar ya nunca
y no admitir palabras
que pongan en la sangre
limaduras de hierro.
Descubrir por ti misma
otro ser no previsto
en el puente de la mirada.
Ser humano y mujer, ni más ni menos.

Ida Vitale

Ayer descubrí que he querido ser un hombre desde que era pequeña, porque aún en mi inocencia me di cuenta de que el poder de decisión, la libertad y el brillo les había sido dado a ellos, no a nosotras; no por naturaleza, sino por sociedad. No queda más que transformar el daño imperceptible del patriarcado en aprendizaje y agradecer la fortuna de ser la que soy, y no otra que haya sufrido más, siendo también inocente.

jueves, 12 de abril de 2018

Uno es...

Cuando llegué a Letras ni siquiera sabía quién era Sergio Pitol. Hasta la fecha, he leído poco de él, pero eso poco ha sido un reto por la elevada calidad de su prosa. Me tocó ayudar a organizar el número de la revista de la Editora cuando lo nombraron Premio Cervantes, incluso llevé pruebas del fragmento de El Mago de Viena a su casa, pues ya que tan amablemente había cedido la oportunidad de publicarlo, no podía salir mal. Por esos días Martha, mi jefa y su asistente a la vez, me regaló audios de escritores, entre ellos el Nocturno de Bujara. Pero lo que me dejó Sergio Pitol, hoy que ha partido, fue una sonrisa disfrazada de breve y simple atención.

Habíamos tenido examen parcial de Literatura Rusa con él. Sus clases eran miniconferencias magistrales en las que nos preparábamos con mucha tinta para anotar lo que decía -y casi todo era interesante, en serio- también con algo de paciencia pues los estragos de la afasia comenzaban a aparecer. A la hora del examen pidió un ensayo sobre Primer amor, de Iván Turgueniev, o sobre Caoba, de Boris Pilniak. Yo elegí la primera porque me había atrapado mientras que la segunda, aunque lo intenté, no pude leerla más allá de la décima página. Arranqué dos hojas de mi libreta y escribí a lápiz tendido durante hora y media sin parar, todo lo que pude, sin esperar gran cosa de la calificación, pues no tenía -ni tengo hasta la fecha- idea de los criterios que utilizaría un escritor como él para considerar como mínimamente aceptable la opinión de una lectora inexperta de 20 años de edad.

Pasó una semana y media. Estábamos nuevamente en el tercer piso -no había salones disponibles a la hora de Pitol en el segundo piso, donde siempre estábamos, así que para su clase había que subir al tercero- y sería como la una de la tarde. Nos dio un descanso de 15 minutos, en los cuales algunos compañeros aprovechaban para conversar con él, mientras otros nos íbamos al barandal, a disfrutar del paisaje que ofrecían 3 árboles viejos, un césped negro de humedad y la calle de atrás de Humanidades. Entonces él salió, miró a la izquierda, luego a la derecha, cruzó palabra con uno, con dos, alguien le hizo una pregunta. Yo procuraba guardar silencio y no mirar demasiado porque prefiero pasar inadvertida, será justamente porque eso es algo que cierta broma de la naturaleza nunca me ha permitido. Mi anhelo único de esa época era no existir. Estábamos por entrar al salón cuando volteó a verme y me dijo:
- Tú eres P, ¿verdad?
- Soy L -le respondí con extrañeza que ahora pienso, podría haber sonado a aspereza.
- Leí tu ensayo sobre Primer amor. Está muy bien. Felicidades. Deberías escribir más... -remarcó con el índice apuntando a mi rostro, como si dijera "no te escondas" mientras daba media vuelta para regresar a la cátedra, dejándome muda y a mis compañeros eufóricos, picándome las costillas como la digna porra ñoña que éramos.

La verdad es que yo casi no participaba en la clase, no me atrevía a cuestionar lo que no sabía, empezaba a hartarme de la carrera y mis objetivos básicos eran aprobar la materia y aprender todo lo que pudiera. A cambio de mi nula ambición, recibí en la clase de Pitol el boleto sin regreso a una literatura incomparable (los rusos tienen una manera de decir las cosas que vuelan la cabeza), la sensación de estar viviendo una experiencia irrepetible para futuras generaciones y sobre todo, algo que yo llamaría un empujón, de esos leves que se dan juntando el índice con el pulgar, un empujón para seguir hacia donde yo quisiera. No sé a dónde voy todavía, pero me acuerdo y sonrío con una mueca, mientras intento hacer lo mismo con dos que tres almas mucho más jóvenes (pero quizá más listas de lo que yo era entonces) ahora que me toca a mí deambular por las aulas.

Tiempo después me enteré de que la sencillez de don Sergio que creí percibir en clases era proverbial. Tal vez por la edad, pero más que un escritor conocí a un niño. Supe, por ejemplo, que él profesaba mucho respeto a los profesores de la facultad; que pasó gran parte de su infancia aquí cerca de mi pueblo; que le gustaba ver El Clon -en su versión original, la brasileña- que recibía de buena gana a quien lo visitara. Mucho más no sé. Forma parte del recuerdo lejano de un tiempo en el que mis sueños desordenados no concordaban con mi vida rutinaria. Nunca me devolvió mi ensayo, ojalá lo tuviera para recordar quién era la que escribía y cómo escribía durante esos años perdidos. Y digo perdidos, porque estoy de acuerdo con la única frase que de él me sé de memoria: "Uno es una suma mermada pro infinitas restas". Creo que hasta hoy había restado esto a mi extraviado rumbo. Agradezco que el dulce paso de la muerte me lo haya traido de vuelta

Dos cosas más agrego: mi anterior texto en este blog también trató de muerte y gratitud, es raro. Luego, este sitio cumplió 10 años en marzo pasado. Lo abrí sobre la mesa del comedor de la casa de mi tía, en tierras mayas, mientras formulaba el deseo de que el calor nunca llegara. Pero llegó el calor extremo con diez años de momentos de (in)salud mental para escribir. Pocas, pero precisas, las hojas verdes de este rincón increíblemente no se han muerto. Veremos cuándo se animan a florecer.


lunes, 15 de enero de 2018

Toledo

Me dije que nunca contaría esto pero hoy me siento con ganas de hacerlo. Hace 4 años, durante la temporada más larga de las varias veces que mi mamá estuvo internada, me encontraba yo en el hospital viéndola dormir. No tenía mucho qué hacer y sí mucho en qué pensar. Abrí la libreta que siempre llevo en la bolsa y me puse a escribir una lista con los nombres de todas las personas que nos habían brindado ayuda durante ese difícil tiempo. No tenía idea de los meses que nos faltaban por recorrer, no pensé que esa columnita de nombres se convertiría en dos hojas bien llenas, desde los familiares y amigos que la visitaron, que nos llamaron, se movieron sin dudar para conseguir lo que necesitáramos, pasando por médicos, enfermeras, el policía que me saludaba amablemente todas las mañanas, las señoras de cocina que nos invitaban comida y café en la última clínica que estuvo porque prácticamente vivíamos ahí, hasta el muchacho de la cafetería en Veracruz que con tanta delicadeza silenciosa me dio un té cuando me vio desconsolada en una mesa, después de explicarle a mi familia lo que me había dicho el oncólogo aquella mañana. Recuerdo que a los pocos días cerraron esa cafetería y no pude agradecerle con más tranquilidad el gesto de ese té que me ayudó a recuperar la voz. Tengo los nombres de las señoras que vinieron a la casa durante más de 6 meses a platicar y a orar con ella, a darle abrazos. Recuerdo a cada persona que quiso estar, porque su presencia voluntaria y amorosa de aquellos días me hizo creer de nuevo en el Dios que se llevaba a mi madre poco a poco.
Este fin de semana una de esas personas inesperadamente se fue, con su juventud, su talento para la medicina y su gran simpatía. Pasó los últimos dos meses de la vida de mi madre visitándola a diario, cuidando de su salud y contándole cosas graciosas. Cuando ya no había más que esperar, dejamos de verlo, parece que se encariñó tanto con ella que prefirió no presenciar su partida. Me dolió la noticia porque cuando alguien te brinda un conocimiento o un servicio con tanta humanidad, cuando alguien resuelve con una llamada y tan de buen humor lo que te ha costado horas de angustia intentar solucionar, no se puede más que decir gracias. Paso por aquí a decir que sigo dando gracias por las personas que iluminaron mis horas más oscuras y las de cualquiera que esté leyendo esto. Si sólo para ese fin existimos, más lo agradezco.
Y bueno, estoy leyendo que también murió Dolores, la vocalista de The Cranberries. Ojalá hubiera sabido cuántos nos emocionamos alguna vez con su voz. Todo lo que nos hace sentir la vida con más intensidad, se agradece.

https://youtu.be/SHoHIL2ABVQ