sábado, 4 de mayo de 2019

Y aparezco a tu lado



Pensando y platicando sobre el tipo de música que se comparte en espacios comunes como un gimnasio, un restaurante o una zapatería, hace rato recordé que pasando por una clase de spinning alcancé a escuchar esta canción. Me remitió de inmediato a mi niñez. Fue una de esas canciones de relumbrón pero yo la cantaba por toda la casa. Como a mi mamá también le gustaba, se compró el disco de vinilo del dueto que sólo traía tres canciones (¡tres canciones!) y me dijo que era mi regalo, aunque no me dejaba agarrarlo porque se podía rayar y entonces ya no iba a servir. Lo escuchábamos una y otra vez. Creo que Alex y Cristina no sacaron otro éxito, pero yo guardo mi disco por ahí. Ahora veo que Súperrsubmarina hizo un cover rockero al igual que una chica de Operación Triunfo
Yo qué sé, tendría como 5 años pero comprendía la letra y se me hacía divertido que un fantasma se te apareciera de repente en tu propia casa.

martes, 9 de abril de 2019

Dos poemas y una bendición

Llevo tu corazón conmigo
lo llevo en mi corazón
Nunca estoy sin él
allá donde voy,
vas tu, querida
y todo aquello hecho solo por mi
lo haces tú, mi amada
No temo al destino
porque tú eres mi destino, mi amor
no quiero ningún mundo
pues hermosa, tú eres mi mundo, mi fiel

He aquí el mayor secreto que nadie conoce
he aquí la raíz de la raíz
y el brote del brote
y el cielo del cielo
de un árbol llamado vida
que crece más de lo que
el alma puede esperar o la mente ocultar
es la maravilla que mantiene las estrellas separadas
Llevo tu corazón
lo llevo en mi corazón
E. E. Cummings
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Un Arte (El arte de perder)

El arte de perder se domina fácilmente;
tantas cosas parecen decididas a extraviarse
que su pérdida no es ningún desastre.

Pierde algo cada día. Acepta la angustia
de las llaves perdidas, de las horas derrochadas en vano.
El arte de perder se domina fácilmente.
Después entrénate en perder más lejos, en perder más rápido:
lugares y nombres, los sitios a los que pensabas viajar.
Ninguna de esas pérdidas ocasionará el desastre.
Perdí el reloj de mi madre. Y mira, se me fue
la última o la penúltima de mis tres casas amadas.
El arte de perder se domina fácilmente.
Perdí dos ciudades, dos hermosas ciudades. Y aun más:
algunos reinos que tenía, dos ríos, un continente.
Los extraño, pero no fue un desastre.
Incluso al perderte (la voz bromista, el gesto
que amo) no habré mentido. Es indudable
que el arte de perder se domina fácilmente,
así parezca (¡escríbelo!) un desastre.

Elizabeth Bishop
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Mother´s blessing

Retoño mío esta es la bendición de tu madre
Nunca olvides a Dios ni un momento
Adorando por siempre al señor del Universo

Oh my child, this is your mothers blessing
May you never forget God even for a moment
Worshipping for ever the Lord of the Univers

Retoño mío esta es la bendicion de tu madre
Recordando a Dios todos los errores son purificados
Y todos nuestros ancestros son acogidos y salvados
Siempre canta el nombre de Dios Har Har

Dios está en tu interior, Dios es infinito
Que el verdadero gurú te sea amable
Que ames estar en compañía de santos
Que tu prenda de vestir sea la protección de Dios
Que tu sustento sea el canto de la alabanza de Dios

Bebe el néctar del nombre de Dios y vive una larga vida
Que la meditación en Dios te traiga dicha incesante
Que el amor sea tuyo propio y tus deseos se cumplan
Que la preocupación nunca te consuma

Haz de tu mente el abejorro
Y que los pies de loto de Dios sean la flor
Oh sirviente Nanak, ata tu mente de esta manera
Como el gavilán encuentra la gota de lluvia y prospera
Como el gavilán encuentra la gota de lluvia y prospera

Snatam Kaur

domingo, 7 de abril de 2019

Canciones viejitas

Platicando ayer con mi tío abuelo, recordamos que a mi familia materna siempre le gustó cantar. No profesionalmente, claro, nadie en la genealogía ha tenido un talento notable en las artes, simplemente cantar acompañando así las actividades cotidianas. Mi mamá cada fin de semana, a estas horas, ponía sus discos o la radio y se las sabía todas. El taller mecánico de mi abuelo se llenaba de música por las tardes, eso recuerdo, música de tríos para componer carros mientras mi abuelita ponía tangos, boleros o cumbias muy antiguas.
Cuando mi mamá daba clases, no podía evitar ilustrar los temas de Español con alguna canción. Con Macondo, de Óscar Chávez, le enseño a mi grupo las primeras nociones de Cien años de soledad. A otros les puso "Las batallas" de Café Tacuba. Cuando tuvo que ver la escritura de informes de experimentos, yo le sugerí que les pusiera "Todo se transforma", de Drexler, que al fin y al cabo es una canción hermosa que coquetea con la química. Me contó que ese mismo día todos sus alumnos se andaban pasando "la dichosa canción" en sus celulares. Imagínense, Drexler resonando en los pasillos de una secundaria. Y una vez, me contó, para explicar la rima, intentó cantarles "Mi árbol y yo", del recién fallecido Alberto Cortez, pero se le hizo un nudo en la garganta y cambió de ejemplo.
Coincido con lo que dijo un amigo por acá, yo crecí escuchando estas canciones sencillas, creo que fueron el punto de partida para que amara el español como lo amo y creciera en mí una posterior devoción por la poesía. Soy una rockola que sólo funciona en casa y mis intentos por compartir letras han sido pocos. Una vez vinculé dos textos sobre perros con esta canción. A los chicos del círculo de lectura les encantó, nunca la habían escuchado ¡y es tan vieja! A mí me parece un pequeño poema, retrata un elemento humilde de la vida diaria que nos daría alegría igual que un árbol, un amigo o la música que nos construye recuerdo a recuerdo. Me la sé, pero no puedo cantarla, también se me hace un nudito de ternura en el corazón.

https://youtu.be/gjDTZACsN8s

martes, 5 de marzo de 2019

Yo no aprendí consuelo

Yo no aprendí consuelo, sólo aprendí verdad.

La soledad me afiló las caderas y los hombros.
Salí hablando a la banqueta dando empellones al prójimo,
al desconocido y al amado.
Me justifico ahora pero antes lo viví sin darme cuenta.

Tengo remordimiento y paz. ¿Cómo podría
saber qué sentimientos debo regar y en qué días?

Yo no aprendí consuelo, sólo aprendí verdad.

lunes, 18 de febrero de 2019

jueves, 7 de febrero de 2019

En voz alta

Por aquí dejo un trabajito del año pasado, hecho para el taller Vox Poética.

"Los perros tienen alma, 
un alma mojadita, como un trino."



miércoles, 23 de enero de 2019

Miguelito

Hoy se cumplen dos semanas de la partida del tío Miguel. Se fue rápido el hijo de enmedio, el a veces perdido y a veces encontrado. Las lesiones cerebrales, como se sabe, son los instrumentos más eficaces que los ángeles implacables de Dios no dudan en utilizar cuando la partida ya estaba escrita.

Su velorio es quizá el más entretenido en el que haya estado. Hubo dolor, pero no sufrimiento. Sus amigos, todos -y eran muchos- pasaron ante el ataúd a contarnos cualquier cantidad de anécdotas sobre lo buenísima onda que era, con qué entusiasmo y alegría cantaba, el mismo entusiasmo con el que acudía a rescatarlos de algún entuerto, la misma alegría con la que les hacía favores. 

Cada testimonio fue toda una sorpresa para su familia, pero para mí lo fue ver con qué congruencia y fervor esos hombres se conmovían ante quien los ayudó a lidiar con sus temores y tristezas. Todos habían bebido, todos esperaron hasta bien entada la madrugada. Uno de ellos dijo, con un gesto de pudor y sencillez que no se me olvida: "Disculpen ustedes, es que a veces los hombres necesitamos algunas copas para poder despedirnos de un buen amigo, o para decirle que lo queremos". Cuánto machismo aprendido en esa frase, cuánta vulnerabilidad oculta a fuerza de imposiciones, cuántos sentimientos que los hombres tuvieron que aprender a reprimir, cuánta resignación ante el destino que les han marcado. ¿Quién podrá decirle a un hombre: "Llora sin pena, no necesitas ni una copa más, te basta con llorar para reconocerte humano y ninguna lágrima te hará débil"?

Luego, más allá de la experiencia, está mi memoria. Apenas me acordé que hace varios años escribí un cuento cuyo personaje principal era él, de niño. Es que en serio, sus aventuras daban para mucho, pero ésta en particular me la contó mi abuelita y según ella, todo fue absolutamente cierto. Yo me conformé con contarla y ahora, con traerla al presente. Miguel, en cierto modo, nunca dejó de ser ese niño pequeño, perdido en la inmensidad de un mundo que no se atrevió a comprenderlo. Paso al cuento.

La  escapada


No vuelvo a ir al Tlapalar. Se lo prometí a mi santa madre hace mucho tiempo y no vuelvo a ir ni a fuerza. Tú sabes que no soy rajado, me conoces. ¿Te acuerdas cuando fuimos a un baile allá por Tomatlán? Eran las tres de la mañana cuando nos vinimos caminando por toda la orilla de la carretera  solamente porque yo me animé. Nada más para que nadie nos contara lo que se siente, y eso que de aquí a allá son trece kilómetros. Te consta que no soy cobarde, ¿sabes por qué? Porque las malas horas no se dan siempre en la noche, en pleno día también hay peligro, también espantan.
            A mí no me gusta asustar a los chiquillos con cuentos de aparecidos, compadre. Mi padre, te acordarás de él, me enseñó a ser valiente a toda costa. -¡No tengas miedo, me decía, Diosito nos acompaña en todas partes, cobarde no sirve uno ni pa´ ver quién viene! Sabiendo cómo era yo de descocado, mi mamá siempre me decía que me encomendara yo a la Sombra de San Pedro para que me protegiera, como cuando don Joselito Mejía tenía unas enemistades que andaban queriendo matarlo, pero él le rezaba a la Santa Sombra y ya podía pasar cerquita de ellos que ni siquiera lo veían. Me contaba esa anécdota a cada rato, cuando me veía en los ojos la intención de irme de pinta o escaparme a jugar futbol. Pero en una de ésas escarmenté y no precisamente porque me dieran mis tundas.
            Tenía mucha razón mi padre, Dios no nos deja desamparados. Cuando él cayó enfermo yo tenía ocho años, Andrés, trece; Pilar tenía once y acababa de nacer Luis. Las otras tres chiquillas tenían un poco más o un poco meno mi edad, así que mi mamá  se tuvo que ir a México con mi papá,  que estaba grave, y además con el recién nacido. Nosotros nos quedamos aquí solitos un mes; sólo la vecina nos vigilaba a ratos, mientras Pilar preparaba la comida como Dios le daba a entender. Después nos íbamos a la escuela, los mayores en la tarde y nosotros en la mañana. Y tempranito era que yo me hacía ojo de hormiga para no entrar a la escuela y me iba directo al río. Me gustaba cazar palomas, molestar a las lavanderas y sentarme en una piedra grande a mirar la corriente pasar y pasar. Se me figuraba que yo era así, que iba sin rumbo fijo pero siempre alegre, como decía el maestro Genaro: ¡Ay Miguel, eres una bala perdida!
            Pero ahora sí te voy a contar bien lo que me pasó, compadre. En una de esas escapadas me fui como siempre al río. Todavía me acuerdo que eran como las nueve de la mañana; llevaba a cuestas mi mochila, ligerita porque no me gustaba cargar cosas. Seguí por el camino viejo, ése que pasa en medio de la arboleda y lleva a la parte más ancha del río, donde ya no hay gente. Iba bien enojado. El día anterior me había peleado con mis hermanas y Andrés me regañó. No es por nada pero a mí como que me descuidaron, no sé si por ser el de en medio o porque de por sí somos muchos. Así que de puro coraje me escapé al río, además de que ese día no llevaba la tarea. Caminé y caminé pateando una piedrita, agachado, pensando, hasta que sentí que el camino se hacía largo. Entonces me fijé que andaba entre los álamos de la arboleda pero no sabía muy bien dónde. Ya me había salido del camino quién sabe cuánto.
Se me ocurrió que si seguía el ruido del río podía llegar hasta él y de ahí orientarme. Me quedé parado tratando de escuchar, mas el silencio era el de siempre, el silencio del campo lleno de ruido de insectos. Corría un vientecito suave, fresco, pero el cielo se empezó a nublar. De pronto escuché un crujido de ramas en lo alto y alcé la cara. Vi, trepado en la copa de un álamo, al ser más horrible que se pueda uno imaginar. Contado así da risa, compadre, pero si lo hubieras visto ahí mismo te mueres. Era un hombre con la piel roja medio tostada, como si durante mucho tiempo le hubiera caído ceniza encima hasta resecarle las entrañas. No me fijé como era el cuerpo pero del rostro me acuerdo bien. Tenía facciones grotescas, como un enano, pero sus ojos parecían reírse y despedir lumbre, una lumbre ácida que cala en lo más hondo. Se me enchinó la piel y no pude moverme, era yo un chamaco. Oía los latidos de mi corazón dentro de mi cabeza, fuerte, fuerte y muy  rápido. El pecho me dolía como si los huesos se apretaran entre ellos hasta quitarme todo el aire. De eso me acuerdo, ¡ah, y de sus manos! Tenía las uñas como garras negras, igualitas a unas que vienen dibujadas en un libro de catecismo, donde dicen que son las manos del que no es bueno y siempre intentan llevarnos al abismo.
            Grité con todas mis fuerzas lleno de espanto, casi sabiendo que nadie me iba a escuchar. Me pasaron por la mente muchas cosas: mis hermanos, mi papá, el futbol y la piedra grande del río. Me dieron ganas hasta de estar en la escuela. El Diablo movía sus manazas llamándome; se reía a carcajadas mientras se le arrugaba toda la cara. Una multitud de monos escandalosos se encaramaba en los otros árboles y me cercaron todos dando alaridos salvajes. Y usted sabe, compadre, que en esta zona de frío no hay monos. Me sentí perdido, con un vacío en el estómago y dos piedras amarradas a los pies. En eso me agarré el cuello y sentí entre mis manos la medalla de mi bautizo. Y me acordé: ¡Dios siempre lo acompaña a uno! Y salí corriendo como un loco, como pude, a tropezones, llorando sin aire y doliéndome hasta el alma. Encontré pronto el camino pero ya no podía; rompí en un llanto que casi me ahogaba y llegué a la casa sudando frío.
            Tiempo después me contó mi hermano que así me pasé quince días; temblando de fiebre, sin comer ni hablar ni nada. Mi madre llegó tres días después de la escapada y yo no había salido de mi cuarto. Dice Andrés que yo no quitaba la vista del techo y nada más de momento empezaba a llorar quedito hasta quedarme dormido. Una lavandera le llevó a mi mamá la mochila que encontró a medio camino. -¿Es usted la mamá de Miguelito?, le dijo. -Chiquillo travieso, bien que lo conocemos. Cuídelo mucho, por allá es peligroso no sea que lo vayan a espantar. Y fíjese compadre, de eso yo no me acuerdo.
            Me llevaron a curar de espanto con una señora viejita que vive rumbo al panteón. Hasta de cabeza me puso, me limpió con un huevo y me roció agua con unas hierbas mientras rezaba unas oraciones que yo no entendía porque ni para escuchar tenía fuerzas. Sólo me acuerdo que dijo: -Cuando despierte, lo que quiera. Me hicieron taco en una cobija gruesa y me llevaron de vuelta a la casa. Estaba como ido, compadre. De pronto soñé muy raro. Una mano roja con garras negras movía los dedos como si me estuviera llamando y otra vez me vino la angustia, pero ya no podía correr. Entonces otra mano, más grande y llena de luz, aprisionaba a la mano roja como ganándole una vencida. Y a mí me daba de nuevo escalofrío, pero ya no tenía miedo. Abrí los ojos y vi mi cuarto a oscuras. Sentía mucho calor y mucha hambre. –Mamaaaá, grité. -¿Cómo estás mi´jo?, vino ella al instante. Yo no tenía conciencia de ya que había regresado, quería decirle muchas cosas, pero todavía no me venían las fuerzas. Ella me preguntó ¿Quieres comer algo Miguel? Y como pude le contesté: -Sí  má, quiero unos Cornflakes y un Sidral.
            Desde esa vez ya no vuelvo al río Tlapalar, compadre. Le conté todo a mi mamá y me hizo prometer que nunca más me escaparía y ya no lo hice,. Bueno, no al río. Cuando trajeron a mi papá ya restablecido, bendijeron la casa, mis cosas y todo. No he vuelto a soñar nada pero tampoco voy al río. Te agradezco la invitación, compadre, pero no. ¿Para qué tentar a Dios en paciencia?

                                                               Xalapa, Ver., septiembre de 2002

sábado, 5 de enero de 2019

Antes estuvimos más vivos

Tócame la mejilla por si encuentras
una humedad antigua y olvidada.
Es del tiempo en que quise ser caballo
para no ser fantasma.

Tócame la mejilla. Vamos, anda...

Juan Gelman

Hacer cuentas, aquilatar edades, ver fotos viejas, dar gracias por el año que se fue, cada acción de éstas parece un ejercicio de reconciliación para olvidar, como si un globo de Cantoya pudiera llevarse lentamente con su humilde lucecita en el cielo de plenilunio, todo lo imaginado que no llegó a ser.

Mientras escribo esto, un ser querido agoniza a causa de un derrame cerebral, una amiga llora por el amor que se fue, buenas personas luchan en paro por una renovación del contrato que nunca les garantizó una vida mejor, un padre descubre cuánto respeto le ha quedado a deber a sus hijos, un hombre que conozco intenta dejar todo atrás. Caballos o fantasmas, sólo poseemos el presente..

domingo, 21 de octubre de 2018

Por aquí pasó la caravana migrante

Casa
de Warsan Shire

nadie se va de casa salvo
que la casa sea la boca de un tiburón
solo corres hacia la frontera
cuando ves a toda la ciudad corriendo también
aliento ensangrentado en sus gargantas
el niño con el que fuiste a la escuela
que te besó aturdido detrás de la vieja fábrica de hojalata
lleva una pistola más grande que su cuerpo
solo te vas de casa
cuando la casa no te deja quedarte.
fuego bajo los pies
sangre caliente en tu vientre
es algo que nunca pensaste que harías
hasta que la cuchilla quemó amenazas en
tu cuello
e incluso entonces llevaste el himno
entre dientes
solo rompiste el pasaporte en el baño de un aeropuerto
sollozando mientras cada bocado de papel
dejaba claro que no ibas a volver.
que nadie mete a sus hijos en un barco
salvo que el agua sea más segura que la tierra
nadie se quema las manos
bajo trenes
debajo de vagones
nadie pasa días y noches en el estómago de un camión
alimentándose de periódicos salvo que las millas recorridas
signifiquen algo más que viaje.
nadie se arrastra debajo de vallas
nadie quiere que le peguen
que sientan lástima de él
o registros sin ropa donde te dejan
el cuerpo dolorido
o la prisión,
porque la prisión es más segura
que una ciudad de fuego
y un guardia de la prisión
en la noche
es mejor que un camión lleno
de hombres que se parecen a tu padre
nadie podría soportarlo
nadie podría aguantarlo
ninguna piel sería lo bastante dura
volveos a casa negros
refugiados
sucios inmigrantes
solicitantes de asilo
exprimiendo nuestro país
negratas con las manos tendidas
huelen raro
salvaje
destrozaron su país y ahora quieren
destrozar el nuestro
cómo es que las palabras
las miradas sucias
caen rodando de vuestras espaldas
quizá porque el golpe es más blando
que un miembro arrancado
que catorce hombres entre
tus piernas
o los insultos son más fáciles
de tragar
que escombros
que huesos
que tu cuerpo infantil
en pedazos.
quiero ir a casa,
pero la casa es la boca de un tiburón
la casa es el cañón de la pistola
y nadie se iría de casa
salvo que la casa te persiga hasta la costa
salvo que la casa te diga
que muevas más deprisa las piernas
deja la ropa atrás
arrástrate por el desierto
vadea los océanos
ahógate
sálvate
sé hambre
mendiga
olvida el orgullo
tu supervivencia es más importante
que dice:
vete,
huye de mí ahora
no sé en qué me he convertido
pero sé que cualquier lugar
es más seguro que aquí.
tus vecinos corriendo más rápido que tú
nadie se va de casa salvo que la casa te persiga
tienes que entender,
nadie elige campos de refugiados
o las palabras son más tiernas
nadie se va de casa hasta que la casa es una voz sudorosa en el oído

Traducción de Berna Wang

Home
by Warsan Shire
no one leaves home unless
home is the mouth of a shark
you only run for the border
when you see the whole city running as well

your neighbors running faster than you
breath bloody in their throats
the boy you went to school with
who kissed you dizzy behind the old tin factory
is holding a gun bigger than his body
you only leave home
when home won’t let you stay.
no one leaves home unless home chases you
fire under feet
hot blood in your belly
it’s not something you ever thought of doing
until the blade burnt threats into
your neck
and even then you carried the anthem under
your breath
only tearing up your passport in an airport toilets
sobbing as each mouthful of paper
made it clear that you wouldn’t be going back.
you have to understand,
that no one puts their children in a boat
unless the water is safer than the land
no one burns their palms
under trains
beneath carriages
no one spends days and nights in the stomach of a truck
feeding on newspaper unless the miles travelled
means something more than journey.
no one crawls under fences
no one wants to be beaten
pitied.
no one chooses refugee camps
or strip searches where your
body is left aching
or prison,
because prison is safer
than a city of fire
and one prison guard
in the night
is better than a truckload
of men who look like your father
no one could take it
no one could stomach it
no one skin would be tough enough
the
go home blacks
refugees
dirty immigrants
asylum seekers
sucking our country dry
niggers with their hands out
they smell strange
savage
messed up their country and now they want
to mess ours up
how do the words
the dirty looks
roll off your backs
maybe because the blow is softer
than a limb torn off
or the words are more tender
than fourteen men between
your legs
or the insults are easier
to swallow
than rubble
than bone
than your child body
in pieces.
i want to go home,
but home is the mouth of a shark
home is the barrel of the gun
and no one would leave home
unless home chased you to the shore
unless home told you
to quicken your legs
leave your clothes behind
crawl through the desert
wade through the oceans
drown
save
be hunger
beg
forget pride
your survival is more important
no one leaves home until home is a sweaty voice in your ear
saying-
leave,
run away from me now
i dont know what i’ve become
but i know that anywhere
is safer than here



miércoles, 5 de septiembre de 2018

Sociópata

Tenías la inteligencia, el encanto, la mirada que se necesita,
el desamor, el deseo, la culpa ausente.
Años después, en el espejo de la adolescencia
(de otra adolescencia que ahora para mí tiene sentido)
te descubro tal como fuiste.

No soy una víctima
pero tu abuso
será la única huella.

La peor condena es no poder sentir amor
y no es la mía.

¿Humildad?

No comprendo por qué las personas confunden conceptos esenciales para la convivencia humana con tanta frecuencia. Confunden honestidad con honradez, sinceridad con crueldad, modestia con falsedad, humildad con baja autoestima. Humilde no es quien menos tiene, no es quien se calla siempre por aguantar, no significa ser débil, ni fingir ser débil, ni mucho menos llorar por tooodo o tirarse al piso haciéndose menos para que los demás la levanten (tan convenientemente). Humilde es quien conoce tanto sus posibilidades como sus limitaciones y hace con ello lo mejor que puede. Lo mejor, no mediocridades. Quizá yo no soy humilde porque si intentan ofenderme me defiendo o les ignoro, si soy testigo de algo incorrecto o injusto no me callo y sí, puede que sea muy soberbia porque lo que los demás piensen de mí me importa dos hectáreas de... vaya, el punto es que quien vive a la sombra de valores confundidos es capaz de intoxicar el agua que otros beben y el aire que otros respiran o bien, resultar intoxicado(a). Nuestros juicios son parciales porque de la realidad sabemos muy poco. Para conocerla, para "despertar" hace falta mucho esfuerzo, voluntad, evolución espiritual, tiempo y humildad (de la de a deveras). Si pensamos con base en lo que otros dijeron y peor aún, actuamos a causa de ello, no llegaremos muy lejos. Se nos irá la vida en insignificantes malentendidos laborales, excesos de sensibilidad, enemistades, chismes, haciendo gala de nuestra cortedad, perdiendo la oportunidad de demostrar cuánta luz tenemos dentro.