Estaba lleno de turistas. Yo seguía a las tres amigas de la comitiva, las únicas que conocía ahí pero que sé, en realidad no se conocen entre sí. Estaba la líder, tan segura e indiferente, como apenas la voy analizando; la otra, que seguramente ni en sueños se aventaría otro viaje en mis compañías y una tercera, a quien hace mucho tiempo no veo. Otra conocida en la fila de boletos, saludo de pasada, adiós. Yo sólo quería que alguien me explicara cómo fuimos a dar de Nimes a Egipto, pero cuando iba a empezar a mascullar por qué nadie me había avisado, que dónde dejaría yo la cobija que llevaba a cuestas, que quién tenía mi cámara fotográfica y que cuánto duraría la visita, entonces la vi de lejos y me pareció tal como aquel libro lo dijo: era una pirámide monstruosa.
En cuanto la una me entregó mi cámara, mi preocupación sólo giró en torno a tomarme una foto junto a una de las tres gigantes, aunque sólo había visto una. Cosas llaman ahora mi atención: nunca dejamos de caminar entre tanta gente, al parecer teníamos prisa y no pude tomarme la foto, aunque la tenía pendiente a cada momento, y me preocupaba la batería. En cambio, sí pude fotografiar y varias veces la puesta de sol en el mar, el mar más maravilloso que he visto jamás. Cuando traspasamos la fila de personas que se apostaban a la orilla apareció ante nosotros, brillante, manso, degradado del azul profundo al verde turquesa como si así fueran todos los mares. Parecía una mascota enorme y aislada, observada y diáfana (y ya sé ese adjetivo no le queda a una mascota) que pedía que la tocaran. Metí la mano en el agua que seguía brillando como el aceite y se me figuró que estaba bendita o que me iban a dar ganas de llorar.
Me había perdido de las otras, pero me fui encontrando a ese buen hombre, amigo de años. Que le daba gusto verme, como si anduviéramos caminando en cualquier calle de mi pueblo, que había aprovechado su estancia de aquel lado del mundo para pasear y que tenía proyectos. Ya me estaba diciendo cómo le iba con sus clases cuando sucedió: un remolino se alzó, azul y blanco desde ese mar tan calmo y cobró altura en segundos. Corrimos, pero no mucho. Yo sabía que nada iba a pasar aún cuando empezaba a sentir gotas en las manos. Nos refugiamos atrás de un edificio cualquiera, un restaurante creo. Gente corriendo, más agua, listo. Mi cámara se había mojado y mi amigo ya no estaba, nada de remolinos. Seguí tomando fotos a la puesta de sol, más oscura y hermosa, murmuraban que esas oleadas eran comunes. Sonreí un poco.
Creo que luego las encontré, no había dejado de caminar todo ese tiempo, era hora de irse, terminar el recorrido por las ruinas, pero es que yo no había visto nada y a nadie parecía importarle, el viaje era en común, la experiencia, de cada una. Egipto y mar luminoso. Caramba, debería hablar contigo más seguido antes de irme a dormir.